Cuando ayer me fui a dormir, sabía con seguridad que iba a volver a ver a Ester. Su historia todavía tenía más cosas que contarme y, para mi dicha y mi desgracia, así fue.

Al parecer, Ester se pasó el día buscando un refugio donde esconderse, porque ya no estaba en medio de los árboles; ahora se encontraba dentro de una cabaña, llena de polvo y oscuridad. Revolvía cajones y alacenas en busca de algo de utilidad. Cada tanto, asomaba la mirada por la ventana: sabía que, cuando la luna roja apareciera, Werser iba a hacerlo también.

La cabaña daba indicios de haber sido bella en el pasado. El piso y las paredes eran de madera, una madera que parecía provenir de los árboles del bosque, ya que tenía el mismo dibujo en sus vetas. Había cuadros en las paredes, retratos de alguna familia de licántropos de la antigüedad… cosa que, para mi sorpresa, no llamó la atención de Ester.

Cuando toda la planta baja estuvo revisada, Ester subió al primer piso. Había dos habitaciones: una que parecía ser matrimonial y otra que daba la impresión de haber sido la habitación de un niño. Buscó y buscó, pero solo encontró fotos viejas, libros y cosas mundanas, de esas que todos tenemos en nuestras casas.

Cansada, se sentó mirando hacia la ventana, esperando que la noche cayera. Al bajar la mirada, notó algo que había pasado por alto: debajo de la mesita de luz que estaba al lado de la cama se veía el marco de una pequeña trampilla. Sin perder tiempo, la abrió apartando el pequeño mueble. Dentro del diminuto cubículo encontró una pistola, dos cargadores con balas y una carta.

Ester guardó el arma y las municiones en la mochila. Luego sostuvo la amarillenta carta para leerla. Aunque parecía estar escrita en algún tipo de idioma antiguo, de alguna manera logré entender su contenido:

Querido hijo:

Si estás leyendo esto es porque el Imperio nos encontró. Quiero que sepas que luchamos con todas nuestras fuerzas. Intentamos esconderlos; incluso logramos matar a algunos kurtnar, pero desde que comenzaron a convertir a los nuestros, todo empeoró.

Tomá mi arma. Refugiate y no confíes en nadie… y, por lo que más quieras, no dejes que te sumen a sus filas.

Al caer la noche, Ester salió de la cabaña, arma en mano. Cerró los ojos para afinar los sentidos; sentía las ramas moverse, pájaros saltar de un lado a otro. Llevó sus sentidos de un punto a otro hasta que, al fin, encontró lo que buscaba: una respiración. Ligera. Pausada. La respiración de un cazador acechando a su presa.

Sin abrir los ojos, apuntó hacia donde provenía la respiración. Disparó. Un aullido estridente avisó que había dado en el blanco. Pero, antes de que pudiera volver a abrir los ojos, algo la arrojó contra la pared de la cabaña.

—¿Pensaste que iba a ser tan fácil… niña tonta? —le dijo su atacante entre risas. Su voz era espectral y cavernosa.

Ester abrió los ojos. A su lado se encontraba un ser similar al que había visto el día anterior, pero este era ligeramente más grande y musculoso. Vestía una armadura de un material similar al cuero y tenía cicatrices en todo el cuerpo.

—Levantate, es hora —le dijo el licántropo mientras le extendía su garra para ayudarla a incorporarse.

Ester apuntó al lobo con su arma.

—Muy linda la carta que me mandaste… ¿Y si no quiero ser parte de tu manada?

—Mis órdenes son probarte… pero si no querés ser una de nosotros… un poco de carne no me vendría mal —dijo el licántropo, relamiéndose los dientes.

Ester bajó su arma y se incorporó con la ayuda del lobo. Pensaba en su próximo movimiento: no podía escapar, tampoco vencerlo, y mucho menos tenía deseos de ser una de ellos.

—¿Y ahora qué?

—Hay que seguir las costumbres. Soy Uldorm, hijo de Vaskith. Voy a dirigir tu Lupdakma.

Cuando el ser terminó de hablar, agarró a Ester por los hombros y dio un gran salto, elevándose por los aires. Todo a su alrededor se deshacía en sombras; de alguna forma, el mundo había desaparecido. El corazón de Ester se aceleraba mientras comenzaban a caer.

De un momento a otro llegaron a tierra. Las luces volvieron poco a poco, al igual que el mundo que los rodeaba.

Estaban en medio de un claro del bosque. El piso estaba cubierto de un extraño césped de color azul. A su alrededor, licántropos vestidos con túnicas violetas cubiertas de runas los observaban en silencio.

—¡Hermanos, hermanas! —gritó Uldorm, golpeándose el pecho con un puño—. ¡Les traigo a una guerrera que ha podido esquivar a nuestros aprendices! Mi hermano, el mismísimo Werser, la eligió para el Lupdakma.