Estoy tomando por costumbre escribir mis sueños. Cada mañana los escribo mientras el recuerdo está fresco; es la única forma de seguir con mi día y dejar de pensar si lo que vi en sueños es real o no, si es una realidad de otros mundos, una premonición o simplemente el sueño de un loco. Esta vez quiero contarles un sueño que tuve hace mucho, a través de los ojos de Ester Aftano.
Era una noche tranquila. En el cielo, las estrellas se dejaban ver entre las nubes y una luna roja iluminaba las copas de los árboles del bosque. Estos árboles eran preciosos: hojas azules en forma de estrella y una corteza lisa y suave, de color café con manchas blancas. Tanta belleza no llenaba el corazón de Ester; la pobre corría por su vida esquivando rocas y raíces. Las piernas le quemaban como el infierno, pero la adrenalina la ayudaba a enfocarse. Miraba hacia las copas de los árboles; sentía que algo la seguía, podía escuchar las ramas crujir, pero nunca veía el origen del sonido.
Una raíz traicionera la hizo tropezar, tirándola al suelo. Sin perder tiempo, se escondió entre las ramas de un arbusto que estaba al lado de las raíces; miró hacia todas las direcciones hasta que por fin lo vio: dos puntos amarillos la observaban desde la copa del árbol que tenía enfrente. Ester cerró los ojos; estaba cansada. Respiró profundo mientras recordaba todas las noches de cacería con su padre, todas las misiones en las afueras de Musraktar. Estaba harta de correr como una presa asustada; si tenía que morir en el bosque de hojas azules, lo iba a hacer con honor.
Aferrándose a sus recuerdos, Ester salió de su escondite y miró directo a los ojos de su acechador.
—¡¿Qué esperás, bestia estúpida?! —le gritó, desgarrando su garganta.
Algo le propinó un golpe seco en la espalda, tirándola al suelo. Sin dejarla reaccionar, unas enormes garras la levantaron, dejándola cabeza abajo. Se sacudió con todas sus fuerzas para escaparse, pero era inútil: su captor era inhumanamente fuerte. Una risilla cavernosa llamó su mirada hacia arriba; bajo la luz de la luna pudo ver su rostro por primera vez. Tenía el hocico alargado con dientes afilados; su piel estaba cubierta por escamas negras, a excepción de su cabeza, que tenía un denso pelaje oscuro.
—Sos valiente, niña —le dijo su atacante sin dejar de reír.
—¡¿Qué esperás?! ¡Terminá con esto de una p*** vez! —dijo Ester mientras intentaba, en vano, golpear a su atacante.
Un fuerte aullido llamó la atención de la bestia.
—Mis hermanos me llaman. Esta noche vas a descansar, niña —dijo mientras la dejaba caer al suelo—. Mañana voy a cazarte. Que la luna sea piadosa.
Ester se incorporó tan rápido como pudo. Observó a su alrededor en busca de su atacante o de alguno de sus hermanos; al parecer ya no había nadie. Esa pesadez en el ambiente había desaparecido. Haciéndole caso a su cansado cuerpo, Ester se acostó usando el arbusto como guarida. Tenía que ganar fuerzas para lo que estaba por venir.
Al despertar, encontró una mochila al lado del arbusto. Observó a su alrededor para ver si había algún lobo acechándola; tenía la experiencia suficiente como para no caer en una trampa tan simple. Salió con cautela, agarró la mochila y examinó lo que había adentro: una cantimplora, pan de carne, un cuchillo y una pequeña nota que decía:
"Querida Ester Aftano:
Pocos tienen el valor de mirar a uno de mis hijos a los ojos y no orinarse. Sabemos lo que sos: una asesina. Disfrutás cazar a tu presa al igual que nosotros disfrutamos cazando a nuestros enemigos. Te voy a dar una oportunidad para unirte a la manada. Cuando el sol se esconda, vas a tener el honor de probarte y demostrar ser digna… o morir siendo una simple humana.
Atentamente, Werser."
Por suerte para mí, el despertador me trajo de nuevo a nuestro mundo. Todavía puedo sentir el miedo de Ester al leer la carta… ¿Quién es Werser? No lo sé… pero de algo estoy seguro: esta noche, cuando cierre mis ojos, voy a volver al bosque azul.