Un día como cualquier otro, Manuel Muzzanti volvía de una larga jornada laboral. Conocía de memoria el camino, cada baldosa, cada pozo; por más de 20 años lo había recorrido, yendo y viniendo de su casa a la fábrica de zapatos.

Estaba ansioso por compartir unos ricos mates con su hermosa esposa, Inés, y su adorada hija, Sofía. Estaba tan cerca que en su mente escuchaba el tintineo de la pava y saboreaba el aroma de la yerba.

Cuando llegó a la casa se encontró con un despliegue de la policía: los uniformados estaban cerrando el perímetro por una reciente escena del crimen. Al parecer, dos bandas de narcos rivales competían por el territorio y dos civiles quedaron en medio de la balacera. Los sollozos de los vecinos llenaban el aire y hacían de ese suceso algo todavía más triste. En su mente una idea se repetía: «Pobre gente, debe ser horrible perder a alguien así».

En cuanto estuvo cerca de la escena, su alma se heló y sus rodillas le fallaron. Un frío aterrador llenó su cuerpo... El oso de peluche de su hija todavía sostenía su mano; quizás los dioses querían que la niña tuviera un último consuelo antes de cerrar los ojos. El cuerpo de la esposa de Manuel estaba sobre el de la niña; la pobre madre intentó dar la vida para salvar la de su hija.

—¡Sofía! ¡Inés! —gritó Manuel mientras corría hacia los restos de su familia, creyendo que, tal vez, su cariño las podía despertar.

Los intentos fallidos de abrazos de los vecinos y los empujones de la policía no pudieron evitar que llegara a donde estaba su familia. Quizás los años curen las mentes de quienes presenciaron la triste imagen de un hombre destrozado por el dolor.

—Disculpa, hermano —le dijo un policía mientras lo agarraba con cariño, como quien agarra a un pajarito herido—. Déjanos trabajar, te juro que les vamos a dar justicia.

Como quien sigue la música de una flauta, Manuel siguió la orden del oficial. No tenía fuerzas para contradecir, ni ganas de responder; solamente la vana esperanza de una justicia futura.

Los días pasaron, pero el dolor se hacía más grande. No existía consuelo ni palabra que lo acobijara. Vecinos, amigos y familiares intentaban acariciar su alma, pero su alma no estaba presente; su cuerpo se movía por la inercia de vivir.

Cuando se cumplió un mes exacto, el sonido del timbre lo llamó a su puerta. Un oficial de policía lo esperaba del otro lado, el mismo que le intentó dar consuelo en su día más triste y oscuro. Era un muchacho en sus 25, morocho de ojos tristes.

—Buenos días, señor Muzzanti —dijo el oficial con su voz entrecortada y mirada pensante—, soy el oficial Raúl Castro, no sé si me recuerda. Tengo noticias sobre el caso de su... de su familia. Lamento decirle que no hay evidencias para encerrar a nadie.

—¿Cómo? —contestó Manuel, rasgándose la garganta—. ¿En un mes no pudieron hacer nada? ¿Qué les pasa? ¿Y los videos de vigilancia? ¿Para qué existen ustedes?

—Lo lamento muchísimo...

Manuel azotó la puerta para acallar las palabras del oficial Castro. Él sabía que el pobre hombre no era responsable, pero, ¿qué más podía hacer? Él sabía que era un simple trabajador, otro perejil en un mundo complejo lleno de corrupción y dolor. Solamente tenía un deseo: dormir, dormir para no despertar.

Pero… una risa resonaba en su hogar. El simple hecho de que alguien estuviera feliz en ese momento llenaba su corazón de ira, un deseo incontrolable de destruir el origen del sonido.

—Eso, eso… —una voz gutural, un eco incorpóreo, sonó en su mente—. ¡Esa es la emoción que busco!

—¿Quién carajo sos? —susurró Manuel, tan bajo como le fue posible, tal vez el dolor ya lo había vuelto loco.

—Estoy por acá, mi amigo.

Parado a su lado se encontraba un ser espectral. Dos ojos rojos como el fuego, con unas pupilas blancas y verticales, lo miraban con deseo, como un depredador mirando a su presa. Con cabeza de cobra y escamas negras como la noche, y un cuerpo humanoide vestido con un fino y elegante traje plateado, decorado con una corbata carmesí.

—La... ya me volví loco —Manuel se arrodilló mientras ponía sus manos en su rostro, en un intento de orar por su cordura.

—¿Quién no está loco? —le contestó el siniestro ser—. ¿Viste cómo es este mundo? Está lleno de mierda, amigo mío. —Sus largas y finas garras acariciaron el rostro de Manuel—. Pero nosotros… sí… nosotros vamos a sanarlo.

—Estás en mi cabeza —le contestó Manuel mientras intentaba arrancarse las garras del ser de su rostro—. ¡Retírate ahora!

—¿Te pensás que soy un demonio? —preguntó el ser, fingiendo ternura—. ¡Manuel! ¡Soy la respuesta a tus rezos! ¡Estuve con vos desde el primer momento! Vi cómo ellos te fallaban.

—No creo que Dios tuviera esa horrible cara —dijo Manuel, con la esperanza de santificar el lugar.

—¿Qué te parece si me presento? —canturreó el ser mientras se acomodaba el traje—. Mi nombre es Ranut. No soy ni ángel ni demonio, soy un Kurtnar, ¡pero los detalles no importan! Lo que importa es que puedo cumplir tu deseo. —Hizo una pausa para poner sus garras en el pecho de Manuel—. Voy a darte el poder que necesitas para vengarte. Lo único que tenés que decir es SÍ. —Sus ojos rojos se iluminaron mientras se clavaban en Manuel.

En la mente del pobre hombre solamente había espacio para el dolor. Imaginaba una y otra vez a su esposa intentando proteger a su pequeña, y una y otra vez fallaba… Él fallaba... Les falló como padre. ¿Dónde estaba para protegerlas?

—Vamos, Manuel…. —la voz de Ranut sonaba tensa y vibrante—. Te estamos esperando. —Con sus garras dirigió la mirada de Manuel hacia una esquina.

Entre las sombras de la habitación logró ver la figura de Sofía e Inés. El único color que Manuel podía distinguir era el de la sangre que manchaba sus prendas.

—¡Papi! —la voz de su pequeña sonaba tan real, tan clara, tan viva…

El rostro de Manuel se humedeció mientras las lágrimas se escapaban de sus ojos.

—Mira lo que nos hicieron —susurró su esposa entre sollozos—. Hacelos pagar, que sufran por lo que le hicieron a nuestro pimpollo.

La respuesta era clara. Tenían que pagar, tenían que sentir el dolor, tan despacio y desgarrador como fuera posible. Su corazón se llenó con el fuego de la venganza; la ira era lo único que podía existir en su interior.

—SÍ —contestó Manuel sin dejar de mirar a su familia—. ¿Y ahora qué? ¿Tengo que firmar algo?

—Ya te dije… no soy un demonio —dijo entre risas Ranut mientras rasgaba la carne de Manuel, desgarrándola hasta llegar a su corazón—. ¡Soy un Kurtar!

Dolor, dolor era lo único que Manuel podía sentir. Toda su piel se quebraba mientras unas escamas negras como la obsidiana salían desde adentro de su cuerpo. Sus gritos eran sellados por una membrana fina pero inquebrantable, y una corona de piel roja como el fuego coronó su cabeza.

—¡Quedaste pre-ci-o-so! —exclamó Ranut mientras desclavaba sus garras del pecho de Manuel—. Ahora tenemos un problema. "Manuel" ya no te queda, no tenés cara de Manuel. —El kurtnar lo analizaba mientras jugueteaba con las escamas recién crecidas de Manuel—. ¡Lo tengo! Te bautizo como Nuk-kayn. ¡Ese nombre te va perfecto!

—Ss...ss...sufrimiento —la "voz" de Nuk-kayn era incapaz de hablar, un siseo que apenas formaba la palabra; su alma estaba sellada y encerrada.

—No trates de hablar —le contestó Ranut mientras acallaba a su nuevo súbdito con una de sus garras—. No estás en este mundo para eso. Para eso estoy yo. Tu misión es matar, generar sufrimiento para que yo y los míos nos alimentemos. Pero ya me conoces, no me gustan los detalles.

Ranut chasqueó los dedos mientras lanzaba un conjuro maldito para que ambos desaparecieran entre las sombras. Nuk-kayn no podía distinguir nada a su alrededor; las formas se distorsionaban mientras los dos eran transportados hacia otro lugar.