Las luces y las sombras tomaron su lugar en el mundo. Ranut había llevado a Nuk-kayn a algún lugar del conurbano bonaerense. La tensa tranquilidad de la noche se sentía en el aire; solo el ladrido de los perros y el ronroneo de autos lejanos llegaba a los oídos de Nuk-kayn. Frente a ellos, una humilde casa, pintada de verde hoja, con techo de chapa y ventanas enrejadas. Desde dentro de la casa se podía oír a un pequeño grupo teniendo una conversación. Los ánimos estaban caldeados.
—¿Asesinos… Familia? —preguntó Nuk-kayn con algo de esfuerzo.
—¿Ahí adentro? —respondió Ranut mientras apuntaba hacia la vivienda, para después poner sus garras en el hombro del hombre—. Todavía no. ¡Primero quiero que entres en calor! Esos son vendedores de droga… son compañeros de tus futuras víctimas.
—¿Pecado… Matar? —hablar era doloroso, un castigo para su garganta y su alma, pero Nuk-kayn necesitaba saber si sus víctimas eran merecedoras del castigo.
—¡Qué pregunta estúpida! —exclamó el kurtnar mientras cortaba el costado del hombre con un golpe seco de sus garras—. ¡Estos no son santos y vos, pequeño idiota, vas a obedecer!
El dolor de la puñalada era insoportable. Confundido, Nuk-kayn examinó su costado: la herida se había curado en cuanto las garras se habían retirado, pero el dolor siguió por un rato, como un recordatorio de su posición en esta sociedad.
—Confía en mí, niño —dijo Ranut, modulando su voz para sonar más amigable—. ¡No soy tu enemigo! ¡Ellos lo son! Llenan de porquería las calles y matan con su veneno… Adentro de esa casa tienen secuestrada a una mujer… una madre amorosa que estaba en el lugar y la hora equivocada. ¡Ejecuta a esos bastardos y rescata a la mujer!
—Sí… mi señor —contestó Nuk-kayn mientras se dirigía hacia la casa.
De un golpe de puño, Nuk-kayn derribó la puerta, la cual salió disparada, hiriendo a uno de los hombres que se encontraban adentro. Cuatro hombres estaban sentados alrededor de una mesa redonda de plástico blanco. Decenas de bolsitas con inmundicia en su interior decoraban la mesa como pequeñas y venenosas esferas de Navidad. Al ver la inminente amenaza, el instinto asesino de estos criminales los hizo actuar: al unísono elevaron sus armas y, como un redoble bélico, los disparos retumbaron en el lugar. Cada bala atravesó a Nuk-kayn, hiriéndolo y causando un dolor punzante. Con un solo disparo, un humano podía ser abatido, pero él no… Para él, el dolor y el sufrimiento eran su nuevo alimento, su nueva razón para vivir.
Usando su nuevo poder, arremetió contra el hombre que estaba a su izquierda —un tipo en sus 30, vestido con ropa deportiva y escopeta en mano—. El golpe le desgarró el rostro y lo dejó tendido en el suelo, sin vida. Después siguió lanzando zarpazos y puñaladas. La risa de Ranut resonaba en su mente cada vez que tomaba una vida, como un claro recordatorio de que su maestro aprobaba y disfrutaba el banquete.
El último fue el que más disfrutó; fue el único que tuvo un momento de claridad, un último intento de razonar con la bestia.
—¡Po... po... por favor, no! —imploró el hombre, poniéndose de rodillas—. Te doy lo que quieras, ¡no me lastimes!
—Mujer… ¿Dónde? —preguntó Nuk-kayn mientras levantaba al miserable sujeto en el aire.
—¿Esto es por la mina? —el sujeto, aterrado y confundido, intentaba buscar en su mente la palabra exacta para ser perdonado—. Se nos pasó la mano, loco, la teníamos que vender pe…
La excusa barata y la inmundicia de sus palabras exasperaron a Nuk-kayn. Ellos eran los monstruos, no él. Él les daba su merecido, una probada de su corrupto veneno. Sin dejarlo terminar de hablar, Nuk-kayn arrancó la cabeza del delincuente, arrojándola en algún lugar perdido de la habitación.
En su interior, la voz de Ranut resonó:
—¡En el baño! ¡Rápido! ¡Rápido!
Sin dudarlo, se apresuró a arrancar la puerta del baño de un tirón seco. Encontró a la mujer, tendida en el piso. Su mano estaba atada en el inodoro, su rostro estaba cubierto de sangre. Era evidente que había sufrido los más desagradables males, males que a veces es mejor que no sean nombrados.
La risa hiriente… la risa irónica de Ranut llenó la casa, sacudiendo la edificación en un horrible siseo.
—¿Llegaste tarde, Manuel? —le gritó Ranut, sus ojos destellaban con deleite enfermizo—. Pobre mujer… pobre mujer.
Ranut se inclinó para poder retirar del rostro de la mujer los cabellos que tapaban sus ojos. Las rodillas de Nuk-kayn le fallaron. Otra vez había fracasado. ¿Para qué tanto poder si no podía proteger a los inocentes?
—¿No entendiste todavía, Manuel? —preguntó el kurtnar mientras lo levantaba del suelo—. ¡Para que exista una venganza, alguien tiene que ser vengado!
Ranut arrojó a su súbdito atravesando la pared. Sus huesos se quebraron, pero no tanto como su alma.
—Cada noche, a partir de ahora, vas a vengar a un inocente… ¿Quedó claro?
—Sí… amo.
El kurtnar se evaporó en las sombras entre risas y canturreos. Solo quedó Nuk-kayn, esperando a que su cuerpo se regenerara. Esperando el llamado de la venganza.