El pecado
La pared estaba repleta de manchas de humedad. El moho era espeso y negro, pero a Víctor no le molestaba; para él, era hipnótico. El aroma rancio que se amontonaba en la habitación lo ayudaba a concentrarse. Año tras año se obsesionaba más con su obra perfecta, pero no lograba su anhelada perfección: siempre un pequeño error lo dejaba expuesto a ser descubierto.
Este año tenía a su modelo perfecta. Había estudiado su vida a la perfección: sabía a qué hora salía y entraba del colegio, el nombre de sus padres, de su perro y de su gato. Sabía todo de su vida.
Víctor había decidido que ese martes era el día perfecto para su gran acto. Alistó su mochila y salió de su casa para subirse a su auto, un nuevo y precioso BMW color negro. Mientras jugueteaba con el cuero del volante, su mente le mostraba su plan. Era perfecto. Esta vez, la serpiente iba a sentir orgullo de su obra.
El camino hacia el colegio de su modelo fue rápido y, como lo había predicho, ningún policía estaba presente para interrumpir su acto. Salió del auto, tan rápido como se lo permitió su lamentable estado físico. El suave viento de la mañana le ayudaba a mantener el aliento. Ahí estaba, rubia y pequeña, dócil como un cervatillo herido. Todo pasó tan rápido que Víctor no tuvo tiempo de saborear el sufrimiento de su modelo; la pobre ni siquiera notó su presencia cuando la acechaba, antes de asestarle el golpe seco en la nuca, ni cuando ágilmente la cargó sobre sus hombros para depositarla en el baúl del auto.
El camino tenía que ser rápido, sin interrupciones. Los semáforos parecían estar bendecidos por la serpiente porque todos estaban en verde. El viaje fue tranquilo. Su casa de fin de semana era preciosa, estaba ubicada en un barrio cerrado de Nordelta. La discreción de sus vecinos era segura, ya que él sabía muy bien que no se encontraban.
Al bajar del auto, revisó con cuidado las inmediaciones de su hogar antes de bajar a su modelo. Después de un viaje tan largo, sus pequeños quejidos eran notorios y molestos, pero también seductores para oídos inoportunos.
En cuanto la tuvo de nuevo en su hombro, caminó despacio. Cada paso tenía que ser bello y perfecto; su obra maestra había comenzado. Su hogar estaba equipado con tecnología de la más elegante y lujosa: puertas que se abrían con su presencia, cerraduras sensibles a su voz, luces que se activan por calor y, su detalle favorito, una gran instalación de audio que musicalizaba toda la edificación.
—¡Ábrete, sésamo! —dijo Víctor en un tono teatral mientras llegaba a la puerta.
Al estar adentro, inhaló suave y relajadamente.
—¡Bravo! —dijo Víctor poniendo a la modelo en una silla. Estaba fuertemente atada; él sabía que no se iba a escapar—. ¡Vos quedate acá, eh! Preparo todo y vengo… ¿Te gusta la música?
Por unos instantes, Víctor pensó. La música era importante: los sonidos tenían que ser tan perfectos como su obra.
—¡Alexa! ¡Reproduce "Celebra la Vida" de Axel! —dijo mientras acariciaba a su modelo—. Esta canción es perfecta, ¿no?
Víctor se apresuró a abrir las puertas del sótano… no, de su estudio. Un estudio que había mejorado por años; cada luz, cada cuchillo e inclusive la camilla central, la había diseñado él, con pasión y dedicación. Alistó todo como quien se prepara para tocar el primer violín un sábado por la noche en el Colón… todo estaba listo.
—¿Karen! ¿Estás lista para el show? —exclamó Víctor mientras volvía a cargar a su modelo. Mientras bajaba las escaleras le susurró al oído—: Muchos nos van a estar viendo, ¿eh? ¡No quedemos mal! ¡Vas a ser famosa!
Víctor estaba algo ofendido, su modelo no paraba de quejarse y retorcerse. ¿Acaso no sabía apreciar la fina obra de arte que él había preparado? Ella se iba a convertir en la Mona Lisa, ¡su rostro quedaría en la historia, Víctor estaba seguro de eso!
Él se apresuró a atar a su modelo a la camilla principal, encendió las luces y prendió las cámaras. Inhaló profundamente una última vez antes de su show.
—¡Queridos míos! Están por presenciar una de las obras más finas y exquisitas de mi carrera —canturreaba mientras buscaba entre sus herramientas—. ¿Con qué empezar? ¿Un cuchillo? ¿O mejor un alicate?
—¿Qué les parece si empezamos con algo suave, eh? —agarró suavemente su primera elección, unas tijeras de podar—. ¡Esto es perfecto! Empecemos por su dedo: ¡el meñique!
Un fuerte ruido distrajo a Víctor. Parecía que alguien había llegado dando un fuerte portazo.
—¡Esperen un segundo! ¡Tengo que comprobar algo! —gritó mientras subía corriendo las escaleras.
Revisó rápidamente cada rincón de la planta baja. La puerta y las ventanas estaban cerradas, todo estaba normal. Parecía una falsa alarma. Salvo por pequeñas sombras que se distinguían en el rabillo del ojo, pero seguramente eran sus nervios. Después de todo, no todos los días se pasa a la historia, ¿no?
—¡Perdón, mis amigos! —decía mientras bajaba rápidamente las escaleras—. Lamento la interrupción.
Agarró firmemente la mano izquierda de su modelo.
—¡Deja de llorar! ¡Esto es por la serpiente! —le dijo al oído para calmarla, aunque falló terriblemente: sus gritos y sus llantos se hicieron aún más fuertes.
Poco a poco fue cercenando sus dedos. Por cada dedo, una suave voz recorría su mente:
—Muy bien. Muy bien. Sigue así.
La voz parecía cada vez más complacida. Lo estaba logrando. ¡La serpiente estaba extasiada!
—¡Ahora! ¡Mátala! —le dijo la voz, ahora un poco más agitada.
El castigo
Por meses, Nuk-kayn había castigado a los perversos, y también por meses había sido torturado por el mismo instrumento: siempre llegaba unos instantes antes de ver a la víctima siendo brutalmente asesinada por el enfermo de turno, sin poder hacer nada, inútil e invisible.
Esta vez era mucho peor. Enfrente de él, una pequeña niña. Era imposible no imaginarla jugando al té con sus peluches, riendo y creciendo junto a su familia… Era como volver a ver a su pequeña, a su pequeña Sofía…
Nuk-kayn vio cómo le cortaba cada uno de sus deditos, llorando y gimiendo junto a la pequeña víctima. Vio cómo el monstruo levantaba su cuchillo para clavarlo directo en el pecho de la niña.
El impuro reía y canturreaba y no se detuvo cuando Nuk-kayn apareció entre las sombras. Las lágrimas todavía caían de su mejilla y el odio encendía su corazón.
—¡Serpiente! —dijo Víctor mientras se arrodillaba—. ¡Por fin soy digno de tu presencia!
Por un instante, las palabras del infame confundieron a Nuk-kayn, pero el castigo era más importante que cualquier inquietud.
Con cuidado desató a la niña. Con amor la levantó. Con suavidad la depositó encima del sillón forrado en seda negra de la planta baja.
—Perdón… pequeña… —le dijo al oído…
—¿Y? ¡¿Viste mi obra?! —preguntó Víctor mientras corría al lado de Nuk-kayn—. ¿Te gustó?
Con una furia implacable, clavó sus garras en el brazo de Víctor. En un abrir y cerrar de ojos, lo llevó a rastras al sótano. Antes de que el pecador tuviera tiempo de pensar, Nuk-kayn lo había atado a la camilla. Ahora él era la modelo.
—¡Mi señor! ¿Qué pasa? —poco a poco Víctor se percataba de que su espectador no era quien él creía.
Con un movimiento sutil pero firme, Nuk-kayn arrancó cada uno de los dedos de Víctor, quien gritaba como nunca nadie había gritado en ese sótano. Por unos instantes acarició el rostro del pecador, disfrutando su sufrimiento, para después arrancar sus ojos con una furia implacable. Cuando se sació con el dolor del impuro, desgarró sus costillas para acabar con su sufrimiento.
La venganza había concluido; ya podía volverse uno con la oscuridad y así prepararse para un nuevo encuentro con la corrupción del humano.
Escondido en uno de los rincones de la habitación, una luz roja titilaba. Una cámara lo había registrado todo.