Desde lo alto de un complejo de apartamentos en algún lugar de Buenos Aires, Nuk-kayn observaba a la gente yendo y viniendo, felices en su ignorancia sobre la oscuridad del mundo. Él era un simple verdugo, sin control, sin autoridad sobre a quién castigar. Su tarea era acudir al lugar donde se le solicitara y ejecutar al impuro de turno, una tarea que cumplía con dolor noche tras noche.
Desde hace algunas noches se había sentido vigilado; una sombra lejana lo observaba desde lejos, pero pese a sus esfuerzos por atraparla, nunca lograba darle caza. Tal vez por fin estaba cayendo en la locura.
El sonido seco y retumbante de un disparo en las inmediaciones lo puso en alerta. Estaba por ser llamado.
De golpe y sin previo aviso, algo lo empujó contra la puerta de entrada de la terraza. ¿Quién sería tan estúpido para provocar su cólera?
Mientras se levantaba, una voz calma y de tono amigable le dijo:
—Soy de los que prefieren hablar de sus problemas, pero si quieres pelear… también lo puedo hacer.
Su atacante era un ser imponente, un hombre león, de pelaje negro azabache. Finas y blancas rayas decoraban su cuerpo. Portaba una pesada armadura de bronce, una imponente melena gris lo coronaba y sus ojos, verdes como el bosque, transmitían una paz en el corazón de Nuk-kayn.
Tanto tiempo en la oscuridad hace que un hombre se olvide de la diplomacia. Nuk-kayn se levantó de un salto y, tan rápido como estuvo de pie, le lanzó un zarpazo al león negro, quien con facilidad lo esquivó y contraatacó con un gran golpe de puño que aturdió a Nuk-kayn. Estando tan cerca, se dio cuenta de que su oponente estaba lleno de cicatrices de antiguas batallas, tanto en su armadura como en su piel. Esta pelea estaba destinada a la derrota, una derrota que no estaba dispuesto a aceptar.
—¿Quién… eres? —preguntó Nuk-kayn mientras se alejaba de su enemigo, despacio, sin darle la espalda.
—Por un momento pensé que no eras capaz de hablar —le respondió el león negro mientras lo examinaba con la mirada—. Soy Zerphiros, soy un guardián de la luz. Creo que necesitas mi ayuda.
—¿Hablar… duele? —dijo Nuk-kayn mientras se tocaba la garganta.
—Los Kurtnar siempre callan la voz de sus Gukden. —Zerphiros buscaba entre su armadura mientras hablaba. En uno de los bolsillos de su cinturón encontró un collar con un cristal azul ultramar. Lo levantó a la altura de sus ojos—. Esto te puede devolver la voz, pero… no le va a gustar a tu captor…
Nuk-kayn se arrodilló ante, tal vez, su nuevo aliado y extendió su mano para que le entregara el collar.
—Pobre criatura… ¿qué te hicieron?… —decía Zerphiros mientras le entregaba el collar.
Al sentir el frío del cristal en sus manos, Nuk-kayn recordó a su familia. Recordó uno de sus días más felices: estaban juntos en el parque, su pequeña hija jugaba a las escondidas con él mientras su esposa les tomaba fotos desde lejos. Todo era risas, todo era amor.
Su corazón le dijo que aceptara la ayuda y, sin dudar, se puso el collar.
Sus pulmones se llenaron de aire. Era como si no hubiera respirado en meses. Instintivamente, llevó sus manos a su boca; algo había cambiado. Seguía siendo un monstruo, pero una parte de su alma había sido restaurada.
—Gracias —dijo Nuk-kayn mientras se ponía de pie. Su voz seguía siendo cavernosa, pero al menos… ya no dolía.
—Fue un placer. Me gustaría saber cuál es tu nombre —dijo Zerphiros mientras le extendía la mano.
—Soy Nuk-kayn —le contestó mientras respondía al saludo—. Mi amo es el señor Ranut.
—Ranut… así que la serpiente… ¿eh? —pensó el león en voz alta—. Ese no es tu nombre. Hace mucho, cuando los dioses te dieron el primer respiro, fuiste nombrado por tus padres. Ese es el nombre que quiero, el que se te otorgó con amor —dijo el león en tono cálido y gentil.
—Mi nombre… —contestó Nuk-kayn mientras buscaba en su memoria. La oscuridad se lo había ocultado, pero ahí estaba, entre medio de su alma y sus cadenas. Mientras apretaba el cristal con fuerza, su nombre salió a la luz—: Me llamo Manuel… me llamaba Manuel. Pero ahora tengo una misión, tengo que vengar a mi familia… ¡y no voy a descansar hasta lograrlo!
—No soy quién para decirte lo que tenés que hacer —le contestó Zerphiros mientras miraba la luna—. Nada más quiero que apuntes tu venganza hacia el enemigo correcto. ¿Estás seguro de saber quién es tu enemigo?
Un grito desgarrador llamó la atención de Nuk-kayn, centrando sus sentidos hacia el origen del sonido. La venganza lo estaba llamando.
—Creo que vamos a tener que dejar esta charla... —dijo Nuk-kayn mientras dirigió su vista nuevamente hacia donde estaba el león negro.
Él ya no estaba. En un abrir y cerrar de ojos, había desaparecido.
La venganza lo llamaba, y Nuk-kayn se hizo uno con las sombras para cumplir con su misión.