El Pecado

En Argentina, existen muchos puntos donde la gente se reúne para apoyar a algún político de turno, y entre todos esos lugares, la Catedral de San Isidro era el favorito de Isabel Hernández. Y ese domingo, ella estaba segura de que iba a hacer historia: estaba preparando su candidatura para ser la próxima presidenta de la Argentina.

Desde adentro de la catedral, Isabel miraba a sus seguidores. Estaba orgullosa de haber logrado que esa masa de ingenuos la siguiera y le festejara cualquier idiotez que dijera. Para sus seguidores, la realidad era construida por sus palabras; nada era más sagrado que el momento de sus discursos.

—¡Jefa, está todo listo! —la jovial voz de su secretaria interrumpió los pensamientos de Isabel—. ¿Usted está lista para empezar?

—Nuestros hermanos y hermanas nos esperan, piba —le contestó la señora, fingiendo emocionarse.

Su gente había construido un escenario pequeño afuera de la catedral. Debajo de las escaleras, su público la observaba con pasión; sus caras mostraban ilusión y sus ojos, esperanza. Entre todos los presentes, Isabel se detuvo a observar a un hombre vestido con una túnica roja. El extraño estaba sentado en uno de los bancos de la plaza. Un frío recorrió su cuerpo cuando se percató de que era el líder de la Logia de la Serpiente.

—¿Ves a ese tipo vestido de rojo? —le gritó a su secretaria, a quien llamó Camila—. ¡Mandá a que lo saquen... Ya!

—Enseguida, mi señora.

Sin chistar, el personal de seguridad siguió las órdenes de Isabel. Tres guardias vestidos con trajes elegantes de color negro agarraron al hombre y lo llevaron a rastras adentro de la catedral, mientras el público les arrojaba latas de cerveza y canturreaba: "¡A los traidores los tenemos que matar! ¡A los traidores los tenemos que matar!".

Isabel se paró en el pedestal, levantó sus manos al cielo y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Hermanos... Hermanas! ¡Estamos acá, siendo bendecidos por Dios! —Poco a poco bajó sus manos y las colocó con cuidado en el atril. Observó a todos, disfrutando la devoción de su gente—. ¡Hoy hacemos historia! ¡Hoy vamos a destronar a los traidores, hoy vamos a conquistar este sagrado país! ¡Nosotros somos el pueblo, somos las mujeres y los pobres! ¡Yo sé lo que necesitan porque estuve en el lugar de cada uno de ustedes!

Aprovechando la aceptación de sus palabras, improvisó un poco para aumentar la emoción de la muchedumbre. Retiró el micrófono del atril y bajó las escaleras para ponerse al lado de sus seguidores.

—¡Ven! ¡Yo sí estoy con ustedes! —gritó mientras se abrazaba con cada uno de los que estaban en primera fila.

Un fuerte tirón la arrancó del esplendor de su acto. Su secretaria intentaba llevarla adentro de la catedral a los tirones.

—¡Esto no está pasando! —repetía la pobre Camila una y otra vez entre lágrimas.

—¿¡Qué hacés!? —le gritó Isabel, sacándose las manos de su secretaria de encima—. ¿No ves que estoy dando un discurso, estúpida? ¿No te da la cabeza o qué?

Los que estaban más cerca escucharon el exabrupto de su ídola. La miraban como quien tiene una pequeña disonancia cognitiva. Al percatarse, Isabel actuó con gran agilidad.

—Perdón, hijita —le dijo mientras la abrazaba—. Vamos, contame qué te hicieron.

Antes de irse, saludó al público, quien la vitoreaba con euforia.

Rápidamente se dirigió al interior de la catedral mientras abrazaba a Camila. En su mente, todos los panoramas posibles se presentaban uno tras otro. Una vez adentro, cerró las puertas para sellar su conversación.

—¿Qué pasó? —le dijo mientras sacudía a la pobre chica—. ¡¿Por qué mierda me interrumpís?!

—El tipo de rojo mató a los chicos —contestaba Camila mientras caía de rodillas y rompía aún más en llanto—. ¡Antes de irse me contó todo! ¡Decime que es mentira!

—¿De qué mierda hablás? —le preguntaba mientras la llevaba más adentro de la catedral, a la oficina que el obispo le había preparado para ella—. ¿Qué te dijo?

La escena era aterradora. Todos estaban muertos; habían sido apuñalados de tal forma que la sangre de las víctimas pintaba las paredes y el techo de la oficina. Isabel se preguntaba cómo iba a poder salir de esta, cómo iba a explicar lo que había pasado.

—¡Decime que es mentira! —insistía Camila, desconsolada.

—¡Estás en shock, estúpida! Viste mucha sangre y te hizo mal. Ahora llamamos al 911... Andá para tu casa, que me encargo yo.

—Me dijo lo que hicieron, que tienen una red de tráfico de personas —la voz de Camila era firme; la cólera le permitía hablar con claridad—. ¡Me contó todo! ¡Vas a terminar presa! ¡Voy a decirle a todos!

Mientras escuchaba el gimoteo de Camila, Isabel miraba toda la escena. Caminaba entre los cuerpos, analizaba el panorama... ¿Cómo resolver eso? ¿Tenía pruebas de lo que decía? Eran tantas preguntas las que se presentaban en su cabeza, tantas posibilidades... y lo que más le dolía era la traición de sus "hermanos". ¿Por qué ahora? Estando tan cerca de lograr el objetivo de la serpiente.

—¡¿No vas a decir nada?! —la ira manejaba a Camila, quien ahora tenía un cuchillo en su mano derecha, un cuchillo que seguramente había retirado del cuerpo de una de las víctimas—. No... Yo no soy así, es verdad...

—¿Ya te volviste loca, nena? —Isabel le arrancó el cuchillo de la mano—. Sabés qué es triste... que te vas a ir de este mundo sin saber si es verdad o no.

Al terminar de hablar, apuñaló a Camila una vez, en el costado derecho. No pudo evitar sonreír mientras veía la angustia y la desesperación en los ojos de la joven. Su sádico deseo de sangre la obligó a apuñalarla una segunda vez, esta vez en la boca del estómago; quería ver cómo la entrometida de su secretaria se ahogaba con su propia sangre.

Las piernas de la joven le fallaron, pero Isabel no dejó que se cayera en el momento. Primero la besó para sentir el gusto de la sangre y así saciar el deseo de sus fantasías que hacía mucho sentía.

El problema recién estaba comenzando. Ya no había marcha atrás; tenía que escapar de la escena antes de que la gente, por impaciencia ante la ausencia de su ídola, entrara. En cuanto la vida abandonó el cuerpo de Camila, Isabel soltó su cuerpo para poder retirarse rápidamente del lugar. Pero antes tenía que cambiarse y limpiarse la sangre. Salió de la oficina y cerró las puertas rápidamente. Los sucesos siguientes pasaron tan rápido que poco pudo registrar la mente de Isabel: de un momento para el otro, estaba en la puerta del templo escondido de Caseros.

El Castigo

Muchos dicen que el dolor de tener que hacer algo terrible por el deber se suaviza con el tiempo, como los soldados que tienen que abatir a sus enemigos por la promesa de paz y libertad de algún político o militar. Pero ellos no eran un fantasma con la misión eterna de vengar a los inocentes...

Después de haber pasado un año cazando todas las noches, Nuk-Kayn había perfeccionado sus métodos. Ya no ejecutaba al impuro inmediatamente después del hecho; ahora esperaba el momento perfecto, lo seguía en silencio, esperando que la mente del impuro se tranquilizara, esperando la tranquilidad de quien se había salido con la suya.

Esa noche le tocaba a un ser despreciable, una mujer que había dedicado su vida al tráfico de personas, surtiendo a monstruos disfrazados de humanos para que sacien sus deseos impuros. Esa noche había cruzado la línea, matando por primera vez a alguien con sus propias manos, algo que Nuk-Kayn estaba esperando con ansias para poder exterminar de una vez por todas a este inmundo ser.

Él le había dado la oportunidad de escaparse de la catedral, siguiéndola desde las sombras, escuchando cada una de las incoherencias que decía en susurros. Era la segunda vez que un impuro nombraba a la serpiente, y ahora no solo era un loco más, era una secta entera de locos que seguían a este ser... Un ser que, aunque no sabía cómo lucía, era posiblemente parecido a Ranut... Tal vez esa era la noche donde las respuestas se harían presentes.

La impura había llegado a su destino: un viejo edificio ubicado en algún lugar de Caseros, Buenos Aires. Temerosa, entró buscando a algo o a alguien. Nuk-Kayn la siguió en las sombras mientras le susurraba en el oído:

—Estoy acá.

Era muy satisfactorio sentir su ritmo cardíaco acelerarse. Después de corretear un rato, la impura se dio cuenta de que estaba sola en el edificio... Ese era el momento perfecto para aparecer.

—¿Estás buscando a alguien? —le preguntó Nuk-Kayn en el oído.

Por primera vez en su vida, la mujer sintió que estaba en peligro. Observó al vengador con los ojos bien abiertos.

—No... No... Yo soy una fiel creyente —dijo mientras se arrodillaba—. ¡Serpiente mía, todavía puedo serte útil!

—No soy tu serpiente… niña inútil —le dijo Nuk-Kayn mientras analizaba la posibilidad de hacer un breve interrogatorio.

—Esta es una prueba más... Lo sé, acallé la voz de...

Antes de que pudiera terminar la frase, Nuk-Kayn le propinó un fuerte zarpazo en el rostro. No podía permitir que nombrara a la pobre Camila.

—¡Yo soy! —mientras hablaba, Nuk-Kayn levantó a la mujer y en cuanto estuvo de pie, clavó sus garras en los costados—. ¡Nuk-Kayn!

Luego las arrancó de un tirón, pero no dejó que cayera por el dolor, no... Claro que no, esto no iba a terminar tan rápido, primero necesitaba respuestas.

—¿Qué hacen acá? ¿Dónde están tus hermanos?

—Serpiente... ¿Por qué?

Nuk-Kayn cayó al suelo por causa de un fuerte golpe en la cabeza. Tan rápido como pudo, giró para poder ver a su atacante: Ranut estaba detrás de él, mirándolo con cara de pocos amigos. Rápidamente agarró a la impura con sus garras, levantándola en el aire, y con un fuerte mordisco la asesinó, arrancándole la garganta y la mandíbula inferior.

El desprecio y la decepción eran palpables en la mirada de Ranut. Nuk-Kayn lo miraba desafiante, apretó con fuerza el collar que le colgaba del cuello para juntar la voluntad suficiente que necesitaba para hacer las preguntas.

—¡Qué curioso! Justo cuando estoy por obtener las respuestas que necesito, aparecés vos... —dijo Nuk-Kayn, ocultando la ira en su voz.

—¡Tu misión no es hacer preguntas! —le respondió Ranut, mientras se abalanzaba con las garras preparadas para atacar.

—¡No! ¡No soy su esclavo!

La inevitable pelea empezó. Ranut le lanzó un zarpazo al pecho de Nuk-kayn, tal vez para arrancarle el cristal. Con algo de esfuerzo, pudo esquivar el ataque y contraatacar con un golpe directo al largo cuello de Ranut, quien aprovechó la oportunidad de morder con fuerza la mano de Nuk-Kayn... Los colmillos de la serpiente eran fríos y afilados, el veneno ardía como el mismísimo infierno.

—¡Estoy muy decepcionado! —le gritó Ranut al oído, sosteniéndolo para que no cayera por el efecto de su veneno—. ¡Tenía muchos planes para vos, estaba a punto de darte la oportunidad de completar tu venganza personal!

—¡Mentira, lo único que puede pronunciar tu inmunda lengua son mentiras! —la voz de Nuk-Kayn empezaba a quebrarse.

—Eso no lo vas a saber nunca... ¿no? Qué linda piedrita —le decía mientras miraba el cristal colgado en el cuello de Nuk-kayn—. No creo que te sirva de mucho.

Ranut intentó arrancar el collar del cuello de Nuk-kayn, pero en cuanto sus impuras manos tocaron el sagrado tacto del cristal, su piel escamosa se quemó, dejando un olor nauseabundo a sangre y azufre.

—¡Traidor! ¡Después de todo lo que hice por vos! —la voz de Ranut sonaba como un alarido horrendo, era como escuchar a un animal herido en medio de la noche.

El mundo se iba apagando para Nuk-Kayn, el veneno hacía su efecto y sus poderes no eran lo suficientemente fuertes para contrarrestarlo. En su interior no podía evitar sentir alivio, por fin podía reencontrarse con su familia, poder abrazar a su esposa y volver a escuchar la adorable risa de su hija. Tanto dolor lo distrajo de la espantosa huida de Ranut, quien abandonó el lugar entre gritos e insultos.

—¡Despierta! —le decía alguien mientras le asestaba unas suaves cachetadas—. ¡Todavía no es tu hora!

Nuk-Kayn sintió cómo el cristal le susurraba, ese susurro era suave, como una melodía hermosa, un recuerdo lleno de amor. La decisión era suya: podía sucumbir al veneno, o luchar con la ayuda del cristal para poder completar su misión.

Con esfuerzo abrió los ojos.

—Me asustaste —Zerphiros estaba a su lado—. ¿Qué te parece si salimos de este templo horrible?

—Tengo muchas preguntas —dijo Nuk-Kayn mientras se levantaba con la ayuda del león.

—Claro que sí, pero primero vamos a ir a un lugar seguro, después con mucho gusto resolveré tus dudas.