[ NARRACIÓN DISPONIBLE ]

En un principio, el Todo era él y lo único de la creación. Después de vagar por el espacio por eones, fue tanto su aburrimiento que decidió crear a dos seres que le hagan compañía.

Primero creó a la Oscuridad, excéntrica y extrovertida, abarcó toda la creación en un abrir y cerrar de ojos. Después creó a la Luz, más pequeña y tímida que su hermana mayor. El Todo les encomendó la misión de darle forma a la creación: a la Luz le pidió que creara a los planetas y a las estrellas para dar calor y claridad a la creación. A la Oscuridad le pidió que creara al espacio y al tiempo, para que la creación sea un lugar habitable. Cuando estuvo conforme, el Todo creó la chispa de la vida y le pidió a sus hijas que la distribuyeran por toda la creación.

La vida florecía por todos los rincones del universo. El Todo estaba orgulloso de sus hijas, así que con orgullo les encomendó una última tarea: le pidió a la Luz que le enseñara a los vivos a comer y a beber, y a la Oscuridad le pidió que les otorgara el don del sueño para que puedan dormir por las noches. Después de eso, el Todo creó el Reino Onírico, un lugar donde los sueños tomen forma y donde los mortales puedan refugiarse cuando su tiempo en el reino material llegue a su fin. Al ver que sus hijas cooperaban por primera vez desde su creación, el Todo les dio un último mandato: "El universo tiene que estar en equilibrio. Mantengan el equilibrio y reinen el reino material mientras yo descanso en el Reino Onírico".

Por milenios las hermanas cooperaban en armonía, hasta que un día, en un planeta de los tantos, una civilización levantó un altar en adoración a la Luz, que los cuidaba y abrigaba durante el día. Al enterarse, la Oscuridad entró en cólera. ¿Cómo era posible que no la adoraran? Ella era la que los protegía por las noches y los conectaba con el Reino Onírico para que pudieran dormir. Fue tanta su ira que, mientras los reyes de las naciones de ese mundo dormían, en susurros les implantó el deseo de conquistar todo territorio que sus pies pudieran pisar. Y así fue como la primera guerra empezó. Las víctimas de la codicia de estos seres fueron incontables y, en cuanto el Todo vio que el Reino Onírico se llenaba de almas inocentes y que el equilibrio se había perdido, tomó la decisión de crear a los dioses menores (uno por cada emoción de los seres vivos) y les encomendó la tarea de mantener a los vivos a raya. Para que pudieran cumplir el cometido, les dio el poder de crear avatares: los dioses menores tenían que buscar a mortales honorables de corazón puro para que los representaran en el reino material. Los nombró ángeles, los representantes del Reino Onírico en el reino material.

Los ángeles recorrieron la creación transmitiendo sabiduría y brindando paz a los mortales. Por mucho tiempo el equilibrio dominó el reino material y nuevamente el Todo estuvo satisfecho.

La Oscuridad, al ver que su padre frustró sus planes, se sintió insultada por él, es por eso que decidió buscar un planeta al cual llamar su hogar. Entre toda la creación eligió al planeta más alegre y lleno de vida, sumiéndolo en una noche eterna lo proclamó como suyo nombrándolo Rekhuk. A sus habitantes los corrompió hasta las entrañas y los adoptó como a sus hijos… los Kurtnar, seres llenos de odio y rencor, solo existían para someterse a las órdenes de su madre. Entre todos los Kurtnar había uno que destacaba, Fobertok era imponente, su corazón era oscuro como la noche y sus ojos amarillos como los de una bestia sedienta de sangre. La Oscuridad lo nombró rey de Rekhuk y le encomendó la tarea de conquistar a toda la creación.

El reino material se sumió en una época llena de dolor. La Luz, en su desesperación, le rogó a su padre que la ayudara, y él respondió enviándole un ángel con la misión de equilibrar nuevamente al reino material y llenarlo de paz y amor. El ángel la guió hasta un planeta de la creación llamado Layan. En este planeta sus habitantes eran los siervos más fieles de la Luz. El ángel le dijo a la Luz:
-Hermana, estos son tus aliados eternos, los Kaldyan te servirán con su vida.-

Los Kaldyan eran guerreros implacables, ningún Kurtnar era rival para su poder. Uno a uno los planetas fueron liberados del yugo del rey oscuro, cosa que enfureció a Fobertok, quien decidió ir él mismo a Layan y retar al guerrero de la Luz más poderoso. Él quería derrotarlo y humillarlo… demostrar que la Oscuridad siempre va a ser más grande que la Luz. En cuanto llegó al planeta de la Luz, su presencia heló la sangre de los mortales; hay desafíos para los que nadie está preparado. Antes de que Fobertok pudiera comenzar una masacre, el ángel del Todo se hizo presente y aceptó él mismo el desafío.

Luces y oscuridades se entrelazaban entre zarpazos y estocadas, el poder de ambos contrincantes era excepcional, un espectáculo digno de admirar. El ángel logró darle un puñetazo directo en el pico a Fobertok, dejándolo inconsciente. Fue tanta la energía usada en el combate que sus alas se desvanecieron. A partir de ese día pasó a ser un mortal más, el líder de los Kaldyan, Pax, el guardián de la Luz.

Fobertok escapó silenciosamente y en Rekhuk planificó su venganza. El cuervo tenía terror de deshonrar el mandato de su madre, tenía que derrotar a los Kaldyan a como dé lugar. Recorrió los mundos buscando cinco almas puras, cinco seres de gran corazón. Él quería usarlos como sacrificio para hacer el ritual más impuro que se había hecho hasta ahora en la creación, y así fue. Asesinó a cada uno de la forma más horrible que su asquerosa mente le permitió, y de ese ritual nacieron los cinco generales Kurtnar. Nombró a cada uno y les cedió un planeta de su reino, una sede impura para que pudieran extender la voluntad de la Oscuridad.

A la Serpiente le cedió un mundo llamado Ustallum. Al Lobo le cedió un mundo llamado Luptallum. Al Cocodrilo le cedió el mundo llamado Ektallum. Al Buitre le cedió el mundo llamado Nissstallum. Y a la Rana le cedió un mundo llamado Temallum.

Los comandantes llenaban de orgullo el negro corazón de Fobertok, conquistaban todo a su paso, eran tan poderosos que los Kaldyan no tenían más que retroceder. Pero Fobertok desconocía que uno de sus comandantes, la Rana, había entablado una gran amistad con Pax. Él la visitaba en Temallum, y día tras día, ese corazón frío y despiadado fue enterneciéndose y llenándose de Luz. Pax le ordenó a la mitad de sus Kaldyan que se mudaran a Temallum para que la Rana nunca estuviera sola.

Cuando esto llegó a oídos del rey oscuro, le ordenó a sus comandantes que asesinaran a la Rana, pero estos se negaron a matar a su hermana. La Oscuridad, decepcionada, abandonó el reino material y se escabulló en el Reino Onírico, convirtiendo sueños en pesadillas y susurrándole a los mortales en sueños para que no olviden que ella está ahí... acechando la creación.

Los siglos pasaron, y las cosas cambiaron. El Todo bendijo a la Rana con seres como ella, y ese día nacieron los kaerus, los guardianes de la naturaleza. Los Kaldyan de Temallum fueron perdiendo su poder con los años, hasta que un día se convirtieron en elfos. Algunos elfos desconformes con su situación se exiliaron a Ustallum, y ese día nacieron los humanos.

La Luz y la Rana se convirtieron en grandes amigas, y en honor a su amiga, la Rana fundó la ciudad sagrada de Numayam. Como siempre, no todos estaban conformes, algunos creían que para que el equilibrio exista en la naturaleza la Oscuridad era tan necesaria como la Luz. Es por eso que algunos kaerus se mudaron en paz a las montañas y con los años se convirtieron en orcos.

El gran mito de la creación kaeru llegó a su fin.