El clima se fue helando poco a poco, contrastando con el ambiente acalorado de la situación. Los presentes discutían sin esperanza, pero a oídos de Argento solo llegaban sonidos sin sentido. Sus piernas lo traicionaron y cayó de rodillas. La poca luz que había alrededor se apagó, y el sonido de sus amigos debatiendo se fue callando gradualmente hasta quedar solo en su recuerdo.
De la oscuridad nació una puerta blanca de madera, con pomo de bronce. Alguien la abrió de un sopetón, dejando ver la silueta de quien la había abierto. Era un ser extraño con orejas de zorro y lo que parecía una armadura sin brillo.
—¡Niño! ¿Sabes cuánto te estuve buscando? —le preguntó el extraño. Su voz era masculina y gentil, pero algo incomodaba a Argento: un siseo en el final de las palabras, un eco en su mente.
El ser atravesó la puerta, cerrándola tras él. La luz volvió, fuerte y blanca. Ya no se encontraba en los túneles de pesadillas; ahora estaba en una habitación sin ventanas, cubierta de baldosas blancas. Una blancura que era cortada solamente por el escritorio de madera y dos sillas negras que estaban en el centro.
—Toma asiento, por favor —dijo el ser, que ahora con luz resultaba mucho más inquietante. Su piel era escamosa y negra como la noche, sus ojos amarillos como los de un lobo, un gran pico de cuervo y dos grandes orejas de zorro. Portaba una armadura de obsidiana con finos relieves en oro.
Argento obedeció la orden sin chistar.
—Claro.
—Quiero que sepas que no estás en problemas —dijo el ser mientras se sentaba del otro lado del escritorio—. Sé que estuviste dando vueltas por el reino onírico. Mis Fusken me informaron sobre tus acompañantes y las ideas locas que te decían.
—¿Quién sos?… ¿Sos un Kurtnar? —le preguntó Argento mientras se preguntaba por qué tenía tanto miedo. Después de todo lo que había vivido, un tipo raro más no tendría que ser la gran cosa—. ¿...Fusken?
—Tu curiosidad me alegra profundamente —contestó el ser mientras se llevaba al rostro una mano huesuda y blanca con grandes garras—. ¿Importa quién soy? Sí, soy un Kurtnar, pero tampoco es importante. Y tu última pregunta... mis Fusken son los pajaritos que me cuentan qué está pasando en los lugares que me importan.
Después de la última palabra, reinó el silencio por unos instantes. El ser observó a Argento de manera inquietante; era un depredador midiendo a su presa.
—¿Y ahora qué? —preguntó Argento para romper el silencio. Una pequeña llama en su interior lo hizo buscar su escopeta; para su sorpresa, no estaba entre su ropa.
—¿Buscás esto? —el ser tenía la escopeta de Argento en su poder—. Creía que estábamos teniendo una linda charla.
Con un aliento gélido y corrosivo, el extraño ser destruyó el arma de Argento… un arma que, al parecer, poco iba a servir contra su aparente nuevo enemigo.
—¿Qué querés de mí? —indefenso como estaba, Argento tenía que hacer tiempo para pensar.
—¡Nada, vine a ayudarte, niño! —gritó el ser mientras apuntaba a un espejo que se encontraba a la izquierda de Argento, un espejo que claramente… antes no existía.
El espejo reflejaba la imagen del ser extraño que estaba frente a él. El escritorio, las sillas... todo era normal, excepto él. El espejo le devolvía la imagen de un niño, de unos siete años, vestido con su lindo pijama de dinosaurio.
—¡Qué… me estás engañando! —gritó Argento mientras corría hacia el espejo.
—Ricardo, niño, ¿por qué te engañaría? —el ser se había posicionado detrás del niño del espejo, imponente y monstruoso—. ¡Estás durmiendo, niño tonto!
—¡No! ¡Soy una tulpa, la tulpa de las leyendas! —exclamaba Argento, dándole la espalda al espejo.
—Mira tus manos —el ser agarró sus manos para ponerlas a la altura de los hombros de Argento. Eran manos de niño—. Mira tu ropa. —Argento sintió que todo a su alrededor crecía en tamaño mientras miraba su ropa… un lindo pijama de dinosaurio—. ¡Estás durmiendo, tenés que despertar!
—Me querés engañar… los Kurtar... —Argento… Ricardo, sentía que el mundo le daba vueltas.
—Está bien… está bien —le decía el ser mientras lo sostenía—. Todo va a terminar rápido.
Las garras de la criatura rasgaban los brazos de Ricardo; la sangre brotaba de las heridas, manchando su dulce y pequeño pijama.
—¡SUFICIENTE! —un ser luminoso salvó al niño, arrancándolo de las garras de la criatura. Su voz era profunda y serena.
El pobre niño no pudo evitar abrazar a su salvador, quien rio alegremente. Ricardo se alejó un poco para poder observarlo. Era sorprendente: un hombre león, con pelaje blanco y rayas celestes, una melena luminosa como el sol y una mirada serena. Portaba una armadura plateada.
—¿Estás bien, niño? —le preguntó el león mientras le examinaba las heridas.
—¡Estúpido! —gritó el ser oscuro, impotente ante el ser luminoso—. ¡Este mocoso tiene que despertar!
—Es cierto… pero se hará a mi manera —sentenció el león mientras abrazaba al niño.
El ser luminoso se arrodilló para poder estar a la altura del niño.
—No entiendo, ¿qué va a pasar con mis amigos? —preguntó Ricardo mientras observaba a los dos seres en busca de respuestas.
—Ellos van a estar bien —lo tranquilizó el león—. Algún día vas a conocerlos, pero hoy no es ese día… —Su mirada no pudo ocultar algo de tristeza cuando continuó—: Se aproximan tiempos difíciles… Quiero que siempre intentes mantener tu alma y corazón puros. No te alejes de la luz. Hoy no es el día, pero llegará el día en el que la oscuridad te desafiará… Cuando llegue ese día, te prometo que yo estaré a tu lado.
—Bueno —dijo el niño alegremente—. ¡Voy a darlo todo cuando llegue ese día! … ¿Cómo se llama, señor león?
—Me llaman de muchas maneras, pero vos podés llamarme Pax —la voz del león tranquilizó el corazón del niño—. Ahora cierra tus ojos. Quiero que imagines al perrito más lindo que tu mente pueda visualizar.
El niño cerró con fuerza sus ojos. La imagen de un hermoso perro negro con manchas blancas y orejas caídas se le vino a la mente. El perro le movía la cola con alegría para después lamerle la cara, cosa que no fue del agrado del niño. Cuando abrió sus ojos, el perro estaba ahí, y él estaba acostado en su cómoda cama, tapado y mullidito. Su mente se despejó y sus recuerdos volvieron: él era Ricardito, un niño de 7 años que vivía en Caseros, Buenos Aires. Vivía con sus amados padres y su perrito Favio.
—¡Ri! ¡Vení a tomar la leche! —su mamá lo llamaba para desayunar con su voz cálida de siempre.
El niño se levantó de un salto y fue corriendo al comedor, seguido por su perro. Sentado en la mesa estaba su papá, un tipo bonachón y regordete.
—¡Ricky! —el padre lo abrazó con cariño.
Su vida era feliz. Juntos comieron mientras charlaban de cómo iba a ser el día de cada uno. Antes de poder terminar el desayuno, el timbre llamó la atención de la familia hacia la puerta. Un hombre vestido de traje blanco y corbata roja esperaba sonriente del otro lado. La familia dudó en abrirle mientras lo miraban por la cámara de la puerta. En la mente de Ricardo, una voz extraña empezó a sonar, en un susurro intenso y tenebroso.
—¿Estás listo para conocer la palabra de la serpiente?
Fin?