El ser que se escondía en la oscuridad se acercó a ellos, revelando su rostro. Era una mujer humana, de cabello rojizo y ojos verdes. Vestía una elegante armadura negra, con una gema blanca incrustada en medio del peto. Argento quedó estupefacto. En su corta existencia, era la primera vez que veía a un ser tan hermoso. Dentro de él sintió la necesidad de resaltar, de ser el centro de atención.

—¿Los escamosos? —dijo Argento, canchereando—. Son mis ayudantes. Lo que pasa es que tengo una misión importante... pero es secreta, no te puedo contar.

—¿Asistentes? —preguntó Brokiru, mientras le daba un sopapo correctivo en la nuca a Argento, intentando calmar sus hormonas oníricas—. Perdoná al pibe, es la primera vez que ve a una mujer.

—¡Hey! —dijo Nablume, ofendida—. ¿Y yo qué? ¿Acaso no soy mujer?

—Una mujer humana —contestó Brokiru entre risas.

Argento se sentía avergonzado. Sabía que no era humano, pero por alguna razón se sentía atraído hacia esa mujer. ¿Tal vez estaba atravesando una adolescencia tulpeana?

—Bueno... sí... —decía Argento, ruborizado—. Son mis amigos...

—No me interesa socializar en este momento —dijo la mujer, interrumpiéndolo. Aunque sus palabras eran cortantes, su tono era amable y su voz, dulce—. Conociendo el historial puritano de los kaerus, dudo que ustedes estén detrás de esto. Les propongo lo siguiente: yo les cuento lo que sé, ustedes me dicen lo que saben... y cada uno sigue su camino.

—¿Nunca escuchaste el dicho "se atraen más abejas con miel que con basura"? —preguntó Brokiru, dándole la espalda—. Vamos a seguir explorando. No sé qué está pasando, pero seguro la Emperatriz está detrás de esto.

—Clásico de los kaerus: juzgando antes de tiempo —dijo la mujer, poniéndose frente a él—. ¡Nosotros no tenemos nada que ver! Es el Imperio, el que tu gente dijo haber destruido, el que está detrás de esto.

—¿Juzgando antes de tiempo? —repitió Brokiru con tono burlón—. Ustedes son los que aman la magia oscura, no nosotros. ¿El Imperio? ¿Qué pruebas tenés?

Argento y Nablume estaban uno al lado del otro, observando la escena. La imagen de Brokiru, tranquilo e imponente, discutiendo con una mujer que apenas le llegaba al pecho —de un metro cincuenta, tal vez— les recordó a un pitbull casero y dulce siendo atacado por un pinscher enojado e inofensivo.

—Este túnel está lleno de pesadillas. Los elfos oscuros no las usan, y nosotros tampoco —contestó la mujer, con el tono más diplomático que le permitía su indignación. Odiaba que dudaran de su palabra—. Nuestros espías exploraron la zona... Me gustaría saber sus nombres primero, antes de revelar información importante.

—Claro, con gusto. ¿Viste que se puede ser amable? —dijo Brokiru, mientras le daba unas palmaditas en la cabeza... gesto que a ella no le agradó en lo más mínimo—. Nablume, una arquera asesina de humanos —dijo, señalando a la kaeru, que sonrió con calma para descomprimir la tensión—. Él es Argento. Tiene alma de argentino, así que ojo... es chamullero.

—¿Y vos cómo te llamás? —preguntó Argento, provocando una risita en Brokiru. Era la imagen de un hombre con alma de niño.

—Yo soy Lavein Nekh-Num, mano derecha de la Emperatriz —dijo con orgullo y postura militar—. La mejor alumna de la señora Necrox y primera o...

—El currículum no es necesario —contestó Brokiru, entre risas.

Brokiru y Lavein siguieron discutiendo asuntos políticos un rato más. La situación incomodaba y aburría a Argento en partes iguales. Sabía que era un sinsentido: había cosas más urgentes en juego como para perder el tiempo debatiendo en vano.

—¿Qué te parece si exploramos los túneles mientras estos dos siguen peleando? —le dijo Argento a Nablume, en tono cómplice. Ambos sabían que estaban en un lugar peligroso. Separarse del grupo no era una idea brillante: las arañas podían volver en cualquier momento. Pero también odiaban quedarse quietos, así que decidieron recorrer el pasillo por un rato. La red de túneles parecía un laberinto. Los caminos se ramificaban en todas direcciones. Tomar un rumbo u otro era una decisión importante: un paso en falso y podían perderse para siempre... o volver a encontrarse con las pesadillas. Después de unos minutos yendo de un túnel a otro, se toparon con algo increíble: un portal. Pero no era como los portales de barro de los kaerus. Este era distinto. Hecho de un metal parecido al oro, incrustado con calaveras —aparentemente humanas—, emitía una luz roja tan intensa como hipnótica.

A un lado, tocando un ukelele, vestido con un traje elegante negro y una corbata violeta, había un elfo oscuro. El elfo parecía tranquilo, relajado. No le importaba el lugar en el que estaba, ni la presencia de los dos recién llegados.

—¡Hola! —gritó el elfo, corriendo hacia ellos.

—¿Quién sos? —preguntó Nablume, apuntándole con una flecha lista para disparar.

—Tranquila, tranquila —respondió el elfo con una voz calma, casi musical. Tenía la serenidad de un músico de reggae—. ¿Dónde quedaron mis modales? Mi nombre es Piwken Waktu.

El elfo les hizo una pequeña reverencia mientras chasqueaba los dedos, generando una chispa plateada en el aire.

—¿Qué te parece si nos contás qué estás haciendo acá? —dijo Argento, sumándose a Nablume y apuntándole con su escopeta.

—Ustedes están muy tensos —replicó Piwken, con una sonrisa melancólica—. ¿Es porque soy un elfo oscuro, no?

—Tuvimos una mala experiencia con uno de tus hermanos —le contestó Argento, sin bajar el arma.

Con ukelele en mano, Piwken comenzó a canturrear una canción:

—Yo soy el mejor, el interlocutor, de esta historia y verás que te gustará. En el mundo real todo es deprimente, tal vez, pero el sueño de un hombre lo puede salvar. ¿Una tulpa será? ¡Qué perdición es desconocer lo que se tendría que… saber!

Al terminar, el elfo realizó una gran reverencia para un gran público imaginario. Nablume y Argento se miraban sin entender lo que estaba pasando.

—¡Señor Waktu! —dijo Lavein, posicionándose al lado del elfo—. ¿Por qué están apuntando a mi mentor? ¡Bajen sus armas de inmediato!

—Tranquilos, chicos, tranquilos —dijo Brokiru en un murmullo, bajando las armas de sus amigos con su mano.