Cuando el hombre abrió los ojos, se encontró con el rostro de Brokiru mirándolo de manera expectante. El Kaeru parecía ansioso, casi sediento de aventuras, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía siglos.
—¡Por los dioses! —exclamó Brokiru, impaciente—. ¿Qué viste?
—Vi el mundo real —respondió el hombre—. Parece que soy un símbolo de esperanza…
—¿Tu nombre? ¿Lo viste en algún lugar? —preguntó Brokiru, inclinándose un poco hacia él.
—Me llamo Argent Ignis, el Hijo del Sol —respondió con seguridad.
—¿Qué? No esperes que te llame con un nombre tan complicado. Te voy a decir Ricardito —dijo Brokiru entre carcajadas.
—De ninguna manera… creo que "Argento", a secas, me gusta más —replicó el hombre con una sonrisa.
—Es bastante típico, pero supongo que va a servir —contestó Brokiru con un leve suspiro.
—¿Y ahora qué? Sé cómo me llamo, sé por qué existo… ¿qué se supone que tengo que hacer? —preguntó Argento, lleno de energía.
—Tengo una teoría, pero hay que hacer algo para comprobarla —dijo Brokiru mientras se dirigía a otra habitación de la casa.
Desde allí comenzó a escucharse un fuerte ruido. Brokiru buscaba algo con entusiasmo, revolviendo muebles y cajones, armando un verdadero alboroto. Argento se preguntó si en ese mundo existían los vecinos, porque, de ser así, seguramente estarían bastante molestos.
Al poco tiempo, se oyó un grito: —¡La encontré!
Brokiru regresó al cuarto principal completamente extasiado. En sus manos sostenía una escopeta recortada, con runas talladas en el mango de madera lustrada y un cañón doble de metal cromado.
—¿Qué te parece si vamos a visitar a las pesadillas? Tal vez un poco de acción responda tus preguntas —dijo Brokiru con una sonrisa ligeramente sádica.
—¿Vamos a cazar pesadillas? ¿Con una sola arma? ¿Nos vamos a turnar para matarlas o qué?… ¡¿Las pesadillas se pueden matar?! —exclamó Argento; la sola idea de una batalla lo llenaba de entusiasmo.
—Esto es para vos, mi pequeño amigo —respondió Brokiru con tono relajado y seguro—. Yo soy un druida; la magia es mi arma.
Sin darle tiempo a reaccionar, el Kaeru le entregó la escopeta. El arma se sentía sorprendentemente ligera y, de algún modo extraño… viva. Argento la examinó con cuidado; las runas parecían antiguas, pero transmitían un significado profundo, casi ancestral.
—Lo sentís, ¿no? —dijo Brokiru—. Esta escopeta es especial. Fue forjada hace siglos, durante la guerra contra el imperio —agregó con un dejo de tristeza.
—Cuando la tengo en mis manos me siento… poderoso. Mi mente está más tranquila, no sé cómo explicarlo, pero… —Argento notó el cambio en el rostro del Kaeru—. ¿Estás bien?
—¡Por supuesto! —respondió Brokiru con una sonrisa exagerada—. Los Kaeru siempre estamos bien.
—Si vos lo decís… —murmuró Argento—. ¿Y las municiones?
El rostro de Brokiru se iluminó; era la pregunta que había estado esperando desde hacía rato.
—Esta arma no usa municiones de la forma tradicional —dijo, dando una pitada a su pipa para generar una pausa dramática—. Las pesadillas son energía negativa en estado puro. La mejor manera de eliminarlas es con energía positiva, y esta arma se alimenta justamente de eso.
—¿Y cómo funciona? —preguntó Argento.
—¡Hay cosas que es mejor aprenderlas sobre la marcha! —respondió Brokiru mientras se dirigía hacia la puerta.
Argento no tuvo más opción que seguirlo. Al salir, vio que la casa estaba rodeada por un hermoso jardín repleto de flores de todos los colores. Pequeñas lucecillas revoloteaban entre ellas, parecidas a abejas luminosas. Desde la entrada de la casa partía un camino de luz violeta que, aunque parecía etéreo, se sentía sólido y firme bajo los pies.
—¿Adónde vamos? —preguntó Argento.
—Seguime —respondió Brokiru con un aire misterioso.
El Kaeru rodeó la casa y, al llegar a la esquina, Argento vio algo verdaderamente increíble, incluso para ese mundo. Un portal hecho de un material extraño emitía una luz azul clara que transmitía una sensación de calma profunda, una paz que invitaba a cruzarlo.
—Te presento… —los ojos de Brokiru brillaban con emoción, cargados de recuerdos de viejas eras—: ¡el portal de barro!
—¿Vamos a ir a Temallum? ¿Ahí también existen las tulpas? —preguntó Argento, confundido.
—¿Qué? No, claro que no. Normalmente, los portales de barro conectan un punto A con un punto B, pero este es MI portal de barro. Es mi bebé. Lo modifiqué para que me lleve a donde yo quiera —dijo Brokiru, mirándolo con orgullo, como un padre orgulloso de su creación.
—¿Y cómo funciona? —preguntó Argento, cada vez más intrigado.
—Es difícil de explicar. Digamos que es una mezcla de ciencia y magia. Este es especial, único. Funciona con la energía del mundo onírico y, a diferencia de los portales comunes, no necesita un portal receptor. Mi portal crea el receptor y este desaparece cuando cambiamos de destino —explicó Brokiru con pasión—. Lo complicado es cambiar el destino… pero eso lo dejamos para otro momento, ¿sí?
Luego, Brokiru pronunció unas palabras en una lengua desconocida:
—Porta limi, audī Kaelu-creatorem! Duc me ad Regnum Oniricum! Krr'akumu o somniare!
Al instante, la luz del portal cambió a un tono rojizo. La sensación de calma se desvaneció, dando paso a algo oscuro y amenazante.
—¿Qué pasó? ¿Y qué fue lo que dijiste? —preguntó Argento.
—Más o menos, la traducción del Kaellen al español sería algo así como: "portal de barro, escuchá a tu creador, llevame a mi misión, llevame a las pesadillas" —explicó Brokiru sin apartar la mirada del portal—. En pocas palabras, nos va a llevar a donde tenemos que ir.
El Kaeru avanzó decidido hacia el portal. La luz rojiza lo envolvía, dándole un aspecto aterrador, como el de un guerrero antiguo a punto de entrar en batalla.
—¿Y? ¿Vamos? ¡Las pesadillas no se van a matar solas! —dijo Brokiru con una carcajada.
—Sí… sí, pero antes tendrías que decirme qué vamos a encontrar del otro lado, ¿no? —respondió Argento.
—¿Te olvidaste de lo que te dije? ¡Se aprende sobre la marcha! —gritó Brokiru mientras atravesaba el portal.
El portal se cerró tras él, lanzando chispas violetas por todo el jardín. Poco después, comenzó a cambiar de color: del azul al rojo, del rojo al violeta y nuevamente al azul. Era una mala señal; el destino del portal estaba mutando.
Argento supo que le quedaba poco tiempo. Sintió miedo, pero un fuego comenzó a encenderse en su interior. Desde algún lugar lejano, el clamor de una multitud pronunciando su nombre resonó en su mente. Apretó con fuerza la escopeta y miró las runas grabadas en ella. Luego, sin dudar más, corrió hacia el portal y gritó:
—¡INCUBI COMBURENTUR!