Nuestra amena e interesante charla fue interrumpida cuando sonó el celular de la detective. Se levantó de golpe y salió rápidamente de la oficina para atender, dejándome ahí, solito. Y, para serles completamente honesto, podría haberme quedado quieto, mirando los expedientes de los casos, leyendo e informándome un poco… pero me puse a pensar en lo loca que era la situación.
Pónganse en mi lugar: si ustedes cayeran mágicamente en un lugar de Marte, ¿se pondrían a leer casos de un detective marciano que investiga cosas que posiblemente sean cotidianas para ustedes? ¿O saldrían a la calle a curiosear?
Yo, claramente, elegí la segunda opción.
Espié disimuladamente por la ventanita de la puerta para ver que la detective se alejara lo suficiente. Por suerte, se sentó en las escaleras que estaban a la derecha, las que subían al siguiente piso. Así que, con la sutileza que solo un elfo puede ejecutar, abrí la puerta despacio y me fui de puntillas hacia la escalera de la izquierda.
Después de bajar unos escalones, vi un gran número "1" enmarcado en la pared; al parecer, la detective estaba en el segundo piso. Rápidamente terminé de bajar todos los escalones y llegué a la planta baja.
La gran puerta de dos hojas, de vidrio transparente, se erguía al final del pasillo. Me dirigí hacia la libertad paso a paso, mirando hacia atrás para asegurarme de que la detective no apareciera. En retrospectiva, fue un error: una vecina igual o más distraída que yo me pegó un portazo en la cara.
—¡Uy! ¡Perdón! —era una adolescente, con buen gusto, tengo que aclarar; llevaba una remera de Iron Maiden—. ¡No te vi!
—No pasa nada —dije mientras me frotaba la nariz. Me había dado de lleno.
—¿Estás seguro? ¡Estás pálido! ¿Se te bajó la presión?
Soy un elfo oscuro. Obviamente tengo la piel blanca, blanca como la nieve.
—¡Sí, sí! No te preocupes. No tomo mucho sol.
La pobre siguió disculpándose dos o tres veces más. Hasta me sostuvo la puerta para que pudiera salir.
Por fin estaba en las calles de Buenos Aires. El viento traía un aroma a carne asada y el ladrido de algún perro lejano se mezclaba con el ruido de los colectivos. En la vereda, un árbol con flores violetas bailoteaba con la brisa; los vecinos del barrio caminaban a paso ligero. Para mi sorpresa, nadie hablaba con nadie. Tal vez era porque estaba cayendo la noche y estaban cansados de tanto trabajar.
Muchas veces, cuando terminaba mi jornada en el D.I.T., corría al bar para tomar una cerveza con Kuroy y relajarme un poco antes de volver a casa. Seguramente los humanos hacían lo mismo.
—¿Qué hacés acá afuera? —la detective me había encontrado.
—¡Quería respirar aire fresco! ¡No sabía que era un día de festejo! —a lo lejos se escuchaban explosiones de fuegos artificiales; seguramente festejaban algo importante.
—¿Festejo? ¿De qué hablás? Entrá, por favor.
La detective me abrió la puerta para que entráramos al hall del edificio.
—Se hizo tarde para ir al Tigre. Vamos a ir mañana, ¿sí? —dijo mirando hacia afuera—. ¿Dónde vas a pasar la noche?
—Ni idea. Igual no duermo mucho… ¿me puedo quedar en la oficina?
—Te presto el sillón del living de mi casa… No sos un elfo asesino o algo así, ¿no? —dijo en tono juguetón, mitad en broma, mitad en serio.
Rápidamente partimos para la casa de la detective en su pequeño auto, un Ford Ka violeta. Vivía en una linda casa en San Martín. Me gustaría decir que fue una noche digna de ser mencionada, pero la incomodidad fue la regla de la noche. Dormí en un sillón de dos cuerpos, tapizado con cuero negro, así que se pueden imaginar que, con el calor húmedo del verano argentino, la transpiración y los mosquitos no me permitieron dormir lo suficiente para que mis sentidos élficos estuvieran al cien por ciento.
Cuando cantó el gallo de la mañana anunciando mi primera mañana en la Tierra, la detective me vino a buscar para ir al Tigre. Nos tomamos unos ricos mates con edulcorante acompañados con unas medialunas y después salimos a la caza del misterio.
Por suerte, la falta de tráfico nos ayudó a llegar en unos veinte minutos a nuestro destino. Fuimos parando el auto cada vez que veíamos a un vecino para preguntarle si conocía algún barrio cerrado con las características que estábamos buscando. Claramente, la mayoría nos miraba con cara de pocos amigos y nos mandaban a mudar. Era muy decepcionante ver lo poco amigable que pueden ser los humanos con gente rara como yo.
Después de buscar por una larga y aburrida hora, vi en una esquina un local de empanadas que tenía de mascota a una rana humanoide vestida de granjera.
—¡Para ahí! —le grité a la detective muy emocionado.
Por suerte, la detective detuvo su marcha en el frente del local, me miró sin decir una sola palabra y después dijo:
—Vamos, pero no digas nada loco. Para esta gente vas a ser un tipo raro con orejas puntiagudas. Si encima le hablás de elfos y kaerus, lo más probable es que piensen que estás loco. —me dijo firme y sonriente.
—Despreocupate, Romi, soy una tumba.
Dejé que la detective entrara primero al local, después de unos quince minutos entré y la sorpresa que me llevé fue épica. El local estaba decorado con toda clase de artículos de colección: la espada de Aragorn, la varita de Harry Potter, un casco de un depredador… ¡ese local era un sueño! Se pueden imaginar que, a partir de ese día, fui a comprar, como mínimo, una vez por semana.
La detective comenzó su interrogatorio con la profesionalidad que la caracteriza.
—Buenas tardes, soy la detective paranormal Romina Rinaldi, ¿puedo hacerles unas preguntas?
—¿Detective paranormal? —preguntó el cajero tan emocionado que sus palabras se volvían agudas cuando terminaban de salir de su boca—. ¡Obvio! ¡Pregunta todo lo que quieras!
—¿Usted conoce algún barrio privado que no tenga contacto con el exterior? ¿Y que… sus habitantes sean… cuanto menos raros? —preguntó la detective con algo de vergüenza.
La emoción del tipo no paraba de crecer, hasta ese momento no se había percatado de mi presencia, pero en cuanto me vio… me sentí una estrella de cine.
—¡Un… elfo! —gritó apuntándome—. ¡Vengan, chicos, vengan!
Los compañeros se arremolinaron del otro lado del escritorio, para mirarme como si fuera otro objeto de colección más.
—Buenas tardes, mis queridos —les dije con un aire elegante mientras me agarraba la solapa de mi campera… ¿las camperas tienen solapa?—. Me llamo Anok Niwik, y sí, soy un elfo.
—¡Anok! —me dijo la detective mientras se tapaba la cara con las dos manos—. Es un cosplay, chicos, está en personaje.
—¿Un qué? —pregunté confundido—. ¡Soy un elfo de verdad! Nada de Coldplay, prefiero el heavy metal.
—No hay problema, señora —le dijo el cajero… la palabra "señora" no fue del agrado de la detective, ya que mostró su desagrado arqueando una ceja.
—No parece un elfo —dijo una de sus compañeras a la izquierda—, no tendría que ser más alto, rubio y no sé… ¿elegante?
—Es verdad —dijo la otra compañera a la derecha—, parece un elfo oscuro, ¿de quién es el cosplay?
—Bueno, bueno, bueno —dije acercándome al mostrador y apoyando ambas manos en él—. Estamos buscando una villa de kaerus, ¿ustedes saben qué son?
Los tres me miraban con ojitos de niño, con ilusión, como quien espera el cuento de un abuelo.
—No quiero hacerles perder mucho tiempo, para resumir, los kaerus son seres humanoides, con cara de sapo… ¡y creo que ustedes son vecinos de un grupo de ellos!
Los tres exclamaron un "¡wau!" al unísono. Se miraron como quien intenta mandar un mensaje telepático, mensaje que al parecer era positivo.
—Hay un barrio al que cada tanto vamos a espiar —dijo el cajero bajando la voz e inclinándose para delante—. Se llama Villa Kork… para ir tienen que seguir los carteles con la cara de la rana naranja.
—Eso es muy interesante —dijo la detective analizando al muchacho—. Pero eso no nos dice nada, ¿qué viste en ese lugar?
—Confíen en mí —contestó asintiendo con la cabeza con confianza.
Después de prometer que iba a volver para responder todas las preguntas que ellos tenían sobre los elfos, nos fuimos del local para seguir las indicaciones de los vendedores de empanadas.
Los carteles aparecieron enseguida, cosa que sorprendió a la detective, que no paraba de repetir que nunca los había visto. "¡Vengo cada dos o tres semanas y nunca los vi!", eran sus palabras.
Ahora les pido perdón, pero no puedo darles las indicaciones exactas que seguimos para llegar a Villa Kork. Lo que sí les puedo decir es que está cerca de Caminos de los Remeros… para que lo busquen en Google Maps si tienen ganas de curiosear.
La villa estaba rodeada por un alambrado de unos tres metros de altura. Una muralla de sauces impedía la vista hacia el otro lado. Cada tanto, por el bailoteo de las hojas, se podía ver un segundo alambrado que tenía una hiedra entrelazada. Las puertas de la villa eran de madera y estaban decoradas con un lindo cartel que decía: "Villa Kork, propiedad privada. Cualquier dron que sobrevuele este espacio será derribado."
Con la detective comenzamos a analizar cómo podíamos llamar la atención de los vecinos de Villa Kork; no había timbre ni campana a la vista.
—¿Y ahora qué? —me preguntó la detective mientras se apoyaba en el alambrado con ambas manos—. ¿Conocés algún encantamiento o algo que nos sirva?
—¿En… encantamiento? —no quería sacarle la ilusión de que había conocido a un mago élfico—. No creo que sea necesario, seguro que hay alguna solución para nuestro problema… ¿si esperamos acá hasta que alguien salga?
La detective aceptó la idea, pero creo que en ese momento no tenía pensamientos lindos hacia mi persona.
Cuando la noche cayó, las puertas por fin se abrieron. El ser que abrió la puerta no era para nada parecido a mi querido amigo Kuroy. Este ser tenía la piel mucho más lisa que los kaerus que había conocido… pero lo que más llamó mi atención eran esos grandes colmillos que sobresalían de su boca, y detrás de su cabeza tenía unas orejas muy similares a las mías.
—¡Ahora! —gritó la detective, como si yo supiera de algún código detectivesco básico.
Antes de que el pobre ser pudiera reaccionar, la detective lo derribó; parecía una jugadora profesional de rugby.
—¡Ayuda! ¡Una loca me quiere matar! —gritaba el ser, su voz era juvenil.
—¡Si respondés mis preguntas no te va a pasar nada! —le gritó la detective mientras lo inmovilizaba con una llave de judo.
—Está bien, pero no me lastimes —le contestó el ser casi al borde del llanto.
La detective lo ayudó a pararse. A la luz del alumbrado público pude ver mejor cómo estaba vestido: tenía un jean y un buzo con un mate y un carpincho estampado, sus ojos eran verdes y llenos de lágrimas, su piel era naranja y para mi sorpresa no tenía los dedos palmeados.
—¿Qué quieren? —preguntó dejando escapar las lágrimas.
—Tranquilo, nene —le contesté acercándome, con la esperanza de que la cara de un elfo lo tranquilizara.
En cuanto me vio, salió corriendo para el interior de la villa. Con la detective lo seguimos tan rápido como pudimos, pero el niño era ágil, mucho más rápido que cualquier kaeru que hubiera conocido.
Mientras nos adentrábamos en la villa, las luces artificiales de las viviendas fueron dibujando lo que era un hermoso barrio, lleno de cabañas y lagunas artificiales; hasta había algún que otro carpincho… o capibara, como le quieras llamar. El ser se dirigió directamente a una de las cabañas más cercanas al borde exterior. Era pintoresca, una linda cabaña llena de dibujos, dibujos que los argentinos llaman firuletes. En cuanto llegó a la puerta, comenzó a gritar a viva voz:
—¡Mamá! ¡Un duende! —gritaba y golpeaba la puerta.
—¡Luis! ¿Qué te dije? ¿Querés que te cuente otra vez la historia de Juanito y el lobo? —le contestó la madre desde adentro de la cabaña.
—¡Ma… por favor! —el pobre niño lloró con tanta fuerza que la madre se vio forzada a salir.
La puerta se abrió, y un ser similar al niño se dejó ver. Su piel era algo más clara y su figura femenina… y un poquito subida de peso.
—¡Dale Luis, entra de una vez! —dijo la madre sin prestarnos atención.
—¡Mirá, mamá! —dijo el nene mientras me apuntaba con el dedo.
La madre miró hacia mi dirección con el cansancio de una madre con un hijo con mucha imaginación, pero cuando me vio, su rostro cambió por completo.
—Andá para adentro —le dijo al hijo empujándolo y cerrando la puerta.
—Ustedes no pueden estar acá, es propiedad privada —nos dijo un tanto temerosa.
—Disculpe, señora, no queremos problemas —dijo la detective intentando ocultar su miedo, pero un pequeño temblequeo en las piernas la delataba—. Solamente queremos saber si alguno de ustedes… robó una farmacia veterinaria.
—¡Esto es el colmo! —gritó la señora mientras se acercaba hacia nosotros—. ¡Se meten en nuestro barrio sin permiso y encima nos acusan de ladrones!
Lo que no nos habíamos dado cuenta hasta ese momento es que todo ese alboroto llamó la atención de los demás vecinos de Villa Kork, quienes nos habían rodeado para ese momento. Algunos nos miraban curiosos, otros con algo de temor, pero la gran mayoría nos miraba con un mensaje claro en los ojos: fuera de nuestra propiedad.
—¡Señora! ¿Desde cuándo los kaerus son tan malhumorados? —dije intentando que mi experiencia nos sacara del problema en el que nos habíamos metido.
—¿Kaeru? —dijo uno entre la multitud—. ¡¿Este enano nos está insultando?!
—¿Qué es kaeru? —preguntó otro detrás nuestro.
—¿Cómo que es kaeru?… ¡Ustedes son kaerus! —dije mirando a todos, sin entender qué estaba pasando.
—Mamá, yo robé la farmacia esa —dijo Luis mientras se escondía detrás de la madre—. Ramírez se enfermó… no podía esperar a que viniera el señor doctor al barrio.
—¿Hay alguien enfermo? —preguntó la detective, un tanto enternecida por el niño—. ¡Podemos ayudar!
—¡Ramírez es su carpincho! —le contestó la mujer mientras se golpeaba los costados de la cintura—. ¡Estos humanos y sus insultos… siempre es lo mismo con ustedes…!
—¿Por qué dejaste un tarro de miel? —le pregunté al niño sin poder contener mi curiosidad.
—Porque no tengo plata y mis papás son apicultores —dijo el niño mientras se escondía detrás de la madre—. Quise hacer un trueque… perdón…
—Luisito —dijo la madre mientras le acariciaba la cabeza—, lo que hiciste está mal, los Kork no robamos, no somos humanos.
—Igualmente, el frasco de miel cubría los gastos del robo —dijo la detective mientras miraba al niño, luego me miró y dijo—: No creo que le podamos explicar a nuestro cliente… todo esto.
—¿Nuestro cliente? ¿Soy tu socio? ¡Me encanta! —le dije intentando abrazarla, abrazo que no se pudo concretar cuando vi la desaprobación del contacto físico en los ojos de la Rinaldi.
—No te emociones —me contestó. Después dio dos pasos en dirección a la madre—: Mire, señora, no quiero problemas con ustedes, si no se manejan con dinero no hay problema, voy a pensar qué decirle a…
—¡¿Qué te pensás que somos pobres?! —le interrumpió la mujer—. ¡Con gusto le pago al humano ese!
Aunque la discusión siguió un rato más, se pudieron poner de acuerdo en cómo y cuándo iban a pagar la cuenta de la farmacia. Aunque no lo puedan creer, se manejaban muy bien con la tecnología; era muy común para ellos pagar con transferencia los servicios del barrio y las compras cotidianas. Al parecer, esta gente era de una raza llamada Kork… lo que le da más sentido al nombre de su barrio. Le falta originalidad, pero parece algo funcional. Con Luisito nos hicimos amigos enseguida; el pibe es fanático del Señor de los Anillos como yo, y su carpincho, Ramírez, es la cosa más linda que te puedas imaginar; ¡tiene hasta un moñito en el cuello!
—Che, Anok… ¿vos de dónde sos? —me preguntó Luisito.
—Soy de… ¿cómo te explico?, Temallum.
—¿Dónde queda eso?
—Ay, Luis… tengo mucho que contarte.