La habitación de la Rinaldi… o más bien oficina, era pequeña. Las paredes estaban cubiertas por ladrillos a la vista y el piso estaba alfombrado; era clásica y elegante. En el centro de la oficina estaba el escritorio, cubierto por un montón de archivos de sus casos. Del lado derecho (mirando desde la puerta) estaban las sillas de plástico blanco; eran cuatro o cinco, apiladas una encima de la otra. La puerta era un clásico entre los clásicos de los detectives privados: una puerta de madera con una pequeña ventana que tenía un estampado que decía: "Romina Rinaldi, detective paranormal".
—Bien, respiremos profundo —decía la detective mientras cerraba los ojos—. Existe la posibilidad de que me haya dormido por el cansancio. Ahora voy a abrir los ojos y este Hagrid enano va a desaparecer.
—¿Hagrid? Existiendo un montón de enanos épicos, ¿me comparás con un tipo alto de una saga que no me gusta? —Bueno… un poco me parezco a Hagrid.
La detective abrió sus ojos y comenzó a escanearme con la mirada, para después buscar entre los archivos que tenía tirados sobre la mesa. ¿Me creía sospechoso de algún caso?
—Esto te va a sonar raro… —le dije mientras me peinaba la barba con los dedos—, pero ya sé tu nombre y algunas cosas tuyas, así que me voy a presentar para que cortemos un poco la tensión.
Al parecer, a la detective le resultó un tanto perversa mi declaración, porque en cuanto terminé de hablar, me tiró con gas pimienta directamente en los ojos… Los humanos son salvajes. A los empujones me sacó de su oficina. Mientras me recuperaba, la escuchaba pensando en voz alta; la pobre creía que se estaba volviendo loca.
—Creo que empezamos mal —le dije, mirando por la ventanita de la puerta—. Soy un elfo… me llamo Anok Niwik.
—¿Un elfo? —al parecer, la idea de que su inesperado visitante fuera un elfo la relajó un poco… Claro que omití que soy un elfo oscuro y no uno de los estirados.
—¡Claro! Un elfo, como Legolas… más o menos. Yo no sé tirar con arco.
—Ok… ok —decía la detective mientras me abría la puerta—. Podés pasar. ¿Por qué estás acá? ¿Estás para cumplir una misión o algo así?
—Vine a ayudarte con el caso del ladrón de la miel —era más o menos verdad, ¿no?—. ¿Qué me podés contar de ese caso?
—¿El ladrón de la miel? ¿Te referís al caso del ladrón que deja un tarro de miel? —dijo mientras buscaba los expedientes—. ¿Qué tiene ese caso de importante? Lo que me da más curiosidad es saber de dónde caíste. No hay ningún agujero en el techo. —La detective miraba con curiosidad para arriba mientras me entregaba la información del caso.
—Cada respuesta llegará a su momento —le contesté, intentando sonar sabio—. ¡Claro, ese mismo! ¿No te parece raro que el tipo no dejó huellas dactilares?
—Eso puede tener una explicación muy sencilla: capaz usó guantes.
Para serles completamente honesto, hasta ahora no se me había ocurrido que tal vez el caso tenga una respuesta tan sencilla y mundana.
—¡¿Guantes?! Por favor, ¡son redonditas las huellas!
—Eso no tiene nada de misterioso, depende de cómo se apoyan los dedos a la hora de imprimir la huella —La detective me miraba, achinando los ojos mientras hablaba, como si intentara leerme entre líneas.
—Está bien, te la tomo —tenía que empezar a darle información de mi mundo; estaba perdiendo mi aire de Gandalf caído del cielo—. Pero si combinás eso con el tema del frasco de miel, nos deja una combinación interesante —le dije mientras me peinaba la barba con los dedos—. De donde vengo hay una cultura que hace trueques y tienen las yemas de los dedos redonditas. Tal vez ahí esté la respuesta.
La detective sacó dos sillas de plástico de la pila, puso una de cada lado del escritorio, se sentó en la silla que le daba la espalda a la pared opuesta a la puerta y me invitó a sentarme en la otra con un elegante gesto con la mano.
—Te escucho —me dijo mientras entrecruzaba los dedos y apoyaba los codos en la mesa.
—De donde vengo, hay una… em… tribu que tiene los dedos redondos, y también tienen cara de rana o sapo… depende de cómo lo mires. Yo creo que, de alguna forma, algún Kaeru, así se llama la especie, vino a la Tierra e intentó hacer un intercambio.
—¿Me estás diciendo que un ser de tu mundo vino al mío para robar una farmacia y dejar un frasco de miel? ¿No hay farmacias en tu mundo?
—Los kaerus son excelentes en magia de sanación, así que no creo que vengan a la Tierra por... —mientras decía eso, me di cuenta de una posibilidad un poco loca, pero no imposible—. ¡Una vez escuché que, hace muchos años, algunas tribus antiguas de Temallum vinieron a la Tierra en busca de refugio! ¡Tienen que ser ellos! —le dije mientras me paraba. Estaba muy entusiasmado, tanto como la primera vez que vi a un dragón.
—¿Temallum?
—Ah, sí, me olvidaba de que ustedes lo llaman distinto. Creo que ustedes le dicen Naqaya a mi planeta, y nosotros le decimos Ustallum a la Tierra.
—Estoy un poco confundida ahora. ¿Otro planeta? Me imaginé que venían de otro plano o algo así —decía la detective mientras se peinaba el pelo con los dedos y miraba fijamente los papeles del escritorio—. Volvamos al ladrón de la miel. Entonces, ¿para vos es un kaeru que por alguna razón vive en la Tierra? Supongamos que es así, ¿por qué un tipo con magia robaría algo? ¿No puede curar directamente con magia?
—Son todas buenas preguntas —le contesté mientras cruzaba las piernas—. El problema es que no hay magia en la Tierra. Es difícil de explicar el porqué, así que eso lo vamos a dejar para después.
—¿Entonces cuál es tu teoría? —Algo me decía que la detective estaba perdiendo la paciencia.
—¡No te voy a dar una teoría, te voy a dar una solución! —le contesté, parándome de golpe para darle dramatismo a mi respuesta—. ¡Tenemos que buscar en zonas donde haya ríos! Los humedales serían perfectos, alguna zona que mantenga algo de naturaleza. ¿Se te viene algún lugar así a la mente? Porque tenemos que buscar por ahí.
—Claro, el Delta del Tigre es así. Pero dudo mucho que un kaeru haya podido pasar desapercibido. Hay mucha gente, muchos barrios cerrados.
—¡Tenés razón! ¡Entonces hay un barrio entero de kaerus!
—¿Qué? ¿En qué momento llegaste a esa conclusión? ¡Eso es peor! Es imposible. —La detective se tapó el rostro con ambas manos—. En mis sueños los elfos parecen más inteligentes.
—¿Así que soy el elfo de tus sueños? —La verdad, me había ofendido un poco, pero no soy rencoroso.
—Supongamos que tenés razón y es un kaeru que vive en el Delta del Tigre, en un barrio cerrado. ¿Qué tendríamos que buscar?
—Por suerte para vos, mi mejor amigo es un kaeru. —Antes de contestarle, hice un rápido repaso mental de todo lo que Kuroy me había contado de su raza: tradiciones, costumbres… y, por suerte, me acordé de algo que tal vez nos podía ser útil—. Tendríamos que preguntar a los vecinos de la zona si conocen algún barrio cerrado que no acepte visitas, que tenga un río adentro y, si es posible, que tenga contacto directo con la fauna local.
—¡Anok! Estás describiendo Nordelta, pero no hay kaerus ahí, solo narcos y políticos —dijo la detective entre risas—. La verdad es que estoy perdida con este caso y estoy en una mala racha… así que supongo que vamos a ir al Tigre a preguntarle a la gente.