Cuando la gente se imagina a un elfo oscuro, la imagen de un tipo alto, esbelto, elegante y con una vibra oscura se le viene a la mente, pero esa es una imagen un tanto anticuada. Claro que los que viven en Musraktar son la viva imagen del "elfo gótico" que todos tienen en mente, pero nosotros, los que vivimos una vida tranquila en la Isla Dragón, tenemos un aspecto más cercano a un humano con orejitas puntiagudas que a un Legolas emo.

Seguro te estás preguntando quién es este y por qué te cuenta todo eso, ¿no? Soy Anok Niwik, y me encantaría contarte cómo fue el último día que pasé en mi planeta, Temallum.

Ese día me levanté como siempre; fui al baño, como siempre; me lavé los dientes; me puse mi uniforme de trabajo, asegurándome de que el negro de mi remera disimulara mi panza cervecera; me peiné la barba y salí a trabajar, listo para comerme el mundo.

En el camino me encontré a mi compañero y amigo, Kuroy. Por si se lo están preguntando, no… Kuroy no es un elfo oscuro, es un kaeru, un ser humanoide con cara de sapo. El pobre no es el más lindo del barrio, pero es el mejor contando chistes de borrachos.

—¿Te enteraste? ¿Viste quién va a venir hoy? —me preguntó con ganas de chismosear.

—Escuché que iba a venir un tipo de Numayam, quieren ver a través de nuestros portales… o algo así. —No se entusiasmen, no soy un mago ni un científico. Trabajo barriendo la Sala de Portales del D.I.T. (Departamento de Investigación Terrestre), específicamente en la división Argentina. Con Kuroy nos pasábamos los últimos minutos del trabajo mirando programas viejos de la TV Argentina.

—¡¿Un tipo?! ¡Dekiru no es un tipo cualquiera! ¡Es mi ídolo de la infancia! —mi amigo soñaba con ser un druida y mudarse a Numayam, el reino pantano original de los Kaeru, pero fumaba más de lo que estudiaba.

—Lo que no entiendo es qué tienen de especial nuestros portales. ¿No se supone que ustedes los inventaron?

—¿Nosotros? ¿Te olvidás de que nací en la isla? Los kaerus de Numayam inventaron los portales de barro, y los elfos oscuros inventaron los portales de sangre.

—Nunca entendí por qué les dicen portales de sangre… —La historia no es lo mío, excepto que sea la historia de algún universo ficticio. Soy súper fan de Tolkien.

—No lo puedo creer —mi amigo, en cambio, es súper fan de la historia, en especial de la época de la Guerra Oscura—. ¡Los portales de sangre son parte fundamental de la historia de tu gente! Se llaman portales de sangre porque hay que hacer un sacrificio para activarlos.

—Ah, ahora me acuerdo —en realidad no me acordaba, pero tenía que cortar la clase de historia antes de que empezara—. Pero, ¿qué tienen de especial nuestros portales para que Dekiru venga personalmente a verlos?

El debate siguió un rato más entre teorías de conspiración y la idea de unas simples vacaciones pagadas con los impuestos de la gente de Numayam. En cuanto llegamos al D.I.T., cada uno se fue a su puesto de trabajo. A mí me tocaba barrer el portal que iba hacia un viejo edificio ubicado en Caseros, Buenos Aires, Argentina. Hasta ese día, no entendía cómo era posible que los humanos de la Tierra no pudieran vernos. Una vez fui de vacaciones a Numayam y usé un portal para llegar; del otro lado ves perfectamente lo que hay. La forma más fácil de imaginarlos es visualizar una puerta mágica que te lleva a tu destino.

Por un rato estuve barriendo con mi técnica: barrer suavemente hacia el portal, así el polvo es absorbido por él y es menos trabajo y más tiempo de entretenimiento terrestre. Cuando estaba por terminar, la voz de mi jefe me llamó desde la puerta:

—¡Niwik! ¡Despeje la zona del portal de inmediato! —el viejo Rikten Laisin era la viva imagen del elfo oscuro clásico: alto, piel gris, pelo blanco… Las malas lenguas decían que había servido junto al rey oscuro de Musraktar en la guerra, y honestamente... tenía toda la vibra.

—Claro, señor —le contesté sin hacer contacto visual. No crean que soy cobarde, pero ese elfo da miedo, y estoy seguro de que a ustedes también les daría miedo.

Mientras salía de la habitación lo vi. Por primera vez vi a Dekiru. El tipo brillaba epicidad. Mi amigo tenía razón: piel verde esmeralda, ojos amarillos intensos, una túnica de mago digna de la mejor película de magia que te puedas imaginar y su báculo tenía un cristal en la punta que desprendía una luz verde que tranquilizaba la mente con solo mirarlo.

En cuanto estuve fuera del campo visual de aquellos dos, fui corriendo a buscar a mi amigo Kuroy. A él le había tocado limpiar la sala del "portal de la Rinaldi". Le decíamos así porque el portal mostraba la oficina de una detective paranormal. Investigaba casos de fantasmas y ese tipo de cosas. Para mi mundo, esos problemas se solucionan fácilmente, pero puedo entender que para un humano de la Tierra sean problemas difíciles… ¿Les conté que hay humanos en mi mundo? Creo que eso lo voy a dejar para después.

—¡Pará todo, amigo! —le grité, agitado, mientras corría hacia él.

—¿Ahora qué pasó? —me preguntó mi amigo, un poco fastidiado.

—¡Vi a Dekiru! ¡Es enorme! Tuve que inclinar la cabeza para poder verlo.

—Anok… eso te pasa con la mayoría de la gente —me contestó mi amigo, entre risas.

Soy un poco bajito, mido un metro y medio.

—Bueh… bueh… —le dije un tanto enojado—. ¿No querías ver al palmeado?

Los kaerus del continente tienen los dedos de los pies y de las manos palmeados. Los de la isla no… ni idea de por qué.

—¡No te enojes, loco! Ahora voy. ¿Vos podés terminar de barrer esta sala?

—Obvio, andá nomás.

La sala del portal de la Rinaldi era mi favorita, así que los dos ganábamos. La pasión con la que esta bella mujer trataba sus casos, intentando ayudar a la gente, me encantaba. Así que limpié rápidamente el piso y me quedé mirando a través del portal.

La detective estaba leyendo las declaraciones de su cliente, el dueño de una farmacia veterinaria a la que le habían robado antibióticos, antisépticos y otras cosas. La policía no había encontrado rastros de ningún sospechoso, pero lo interesante del caso era que el ladrón había dejado un frasco de miel de dos kilos. Algunos de ustedes estarán pensando que se puede rastrear el origen de la miel, dónde se compró, dónde se produjo, pero esta vez era imposible. Este frasco de miel en particular tenía una composición única y, para colmo, era de cultivo artesanal.

Algunos de los documentos estaban ligeramente fuera del ángulo de visión del portal, así que se me ocurrió una idea brillante… o por lo menos creí que era brillante: me asomé por el portal usando mi escoba de ancla, por si algo pasaba.

Con algo de nerviosismo, crucé mi cabeza por el portal y, por primera vez, respiré el aire de la Tierra… Era asqueroso; un fuerte olor a humedad con notas químicas y un pequeño fondo a garganta tostada. Haciendo equilibrio mientras me ponía de puntitas de pie, pude leer que habían encontrado una huella dactilar de origen desconocido, pero no pertenecía a un humano. Eran lisas y muy redondeadas, en comparación con las huellas humanas que tienen forma de elipse alargada. Mi imaginación empezó a volar. ¿Era un kaeru? Había escuchado que los palmeados de la antigüedad acostumbraban intercambiar bienes a través del trueque, pero… ¿qué hacía un kaeru del continente en un barrio del conurbano bonaerense?

¡No tenía sentido!

Necesitaba saber más, así que me acerqué poco a poco al límite, hasta que una gran mano me empujó, haciéndome caer detrás de la detective. El golpe contra el suelo me mareó por unos momentos. Despacio, fui recomponiéndome mientras me ponía de pie. Después de frotarme un poco los ojos, me di cuenta de que la detective estaba observándome sin parpadear.

—¡Un… un duende! —gritó mientras se ponía del otro lado del escritorio.

—¿Un duende? ¿Te parezco un duende de Papá Noel, pálido?

—Estatura baja, vestido con ropa de trabajo, barba y pelo largo… —comenzó a describirme, como si yo no supiera cómo soy.

—¡No soy bajito! Tengo una altura levemente más pequeña que la media… de la media humana, al menos.

Antes de seguir hablando con la detective Rinaldi, busqué por la habitación la salida del portal… ¡no estaba! Al parecer, la magia de la Tierra es tan poca que los portales no se ven.

De un momento para el otro, mi vida había cambiado. Estaba en la Tierra, en una oficina húmeda ubicada en algún lugar del conurbano bonaerense… y en mi mente, la única pregunta que me preocupaba era:

"¿Quién era el ladrón mielero?"